expresiones crónicas

Literatura y Periodismo

Amenaza de elitismo en la lectura

Hace algunos días leí un artículo que mencionaba que en Australia y Nueva Zelanda se está llevando a cabo un proyecto experimental, el cual consiste en cobrar por el préstamo de libros electrónicos en bibliotecas públicas con el objetivo de obtener recursos ante los recortes presupuestarios derivados de la crisis económica. Para Peter Brantley, director de la Internet Archive’s Bookserver Project, una librería digital sin ánimo de lucro, ésta es una forma de que “las editoriales depositen una mayor confianza en las bibliotecas a la vez que éstas siguen ofreciendo su principal servicio. Las novedades o los títulos más vendidos serían los primeros en entrar en este sistema de pago”.

Sin embargo, esta propuesta contraviene la idea tan extendida de que los contenidos publicados en formatos digitales son más económicos que los publicados en papel. Pues hasta el momento, las bibliotecas públicas siguen prestando libros sin costo alguno. ¿Por qué debería cobrar por los digitales, si ya no existe proceso editorial alguno a nivel industrial? Pero esto es sólo una muestra de la amenaza económica que se cierne sobre la lectura en el futuro.

En el otoño del año pasado, Amazon lanzó el Lector Electrónico Kindle más barato del mercado. En Europa tiene un costo de 99€, es decir, en España corresponde al 15,43% de un mes de salario mínimo: 641,40€ (hoy congelado por el gobierno del Partido Popular). En México, por otra parte, se deben pagar $76 dólares, es decir, poco más de $995. Lo que significa más del 50% del salario mínimo, que ronda actualmente los $1,870 pesos, y en algunas zonas de la República incluso es menor. Así que para una familia común, integrada por cuatro personas, e incluso llegando a sueldos medios, adquirir alguno de estos dispositivos implica un gasto importante.

Quizá esta idea sea fácilmente rebatible argumentando que los eBooks son más baratos. En el caso de España no es así, además de que recordemos que el catálogo hasta el momento es muy reducido. También es cierto que existen eBooks gratuitos en Amazon, pero de dudosa calidad. En lo personal tuve la mala experiencia de adquirir un Quijote incompleto y que sólo gracias a los comentarios de los usuarios, pudieron recomendarme una versión completa. Por supuesto, la empresa proveedora nunca avisa de estos inconvenientes. No tengo muy claro si se debe precisamente a su gratuidad. También me llamó la atención que los eBooks no mencionen la versión de la edición que se está leyendo ni dé crédito a los traductores cuando se trata de un libro originalmente escrito en otra lengua.

Es curioso que hasta el momento no haya surgido un movimiento a favor de la reducción de los costos de los eReaders, mientras que existen millones de voces que exigen la disminución al mínimo de los contenidos. Como si pensáramos que el costo de un dispositivo es justo por su calidad técnica. ¿Y por qué no pensamos lo mismo de una obra literaria?

Hace dos años, durante una charla del Bookcamp de Kosmópolis, después de que uno de los ponentes enumerara las diversas interfaces de lectura a lo largo de la historia, desde la tabla de arcilla hasta los eBooks, y alabar estos últimos, principalmente porque su coste es menor al del papel, lo que permitiría un mayor acceso para todos, le pregunté sobre los costos de los dispositivos electrónicos. Después de enardecerse un poco me dijo que éste se reduciría igual que los móviles debido a la demanda del mercado. No obstante, la actual crisis económica ha demostrado que el mercado no es lo más confiable y que las desigualdades sociales son cada vez mayores.

En España, actualmente se está solicitando que los eBooks tengan el mismo IVA reducido que los libros de papel. Pero nadie ha pedido lo mismo para los lectores electrónicos. Recordemos que sin eReader, el cual ofrece un tamaño ideal, una calidad de pantalla insuperable y una gran facilidad de uso (lo que los posmodernos llamarían User Friendly), es imposible acceder a un eBook. O sí, pero a través de dispositivos que no están creados para una lectura constante.

Quizá es muy temprano para saber qué va a pasar en un futuro inmediato con el desarrollo de la lectura, aunque estos ejemplos demuestran que está todavía muy lejos de convertirse en una actividad generalizada, a la cual toda la población pueda acceder, sin importar el país del que hablemos.

Hasta el momento los libros en papel (con sus ediciones revisadas), las escuelas, el compromiso público de las bibliotecas, el préstamo mano a mano, siguen siendo un método efectivo para que la gente pueda acceder a los libros y su lectura. Si dejamos que los grandes monopolios electrónicos asuman este papel, más adelante nos encontraremos con una enorme brecha cultural, no sólo entre países, sino dentro de sus sociedades, ya sean desarrolladas o no.

De nosotros depende que la lectura siga siendo un derecho y no un bien de consumo al alcance de unos pocos.

Microrrelato(s) XXXVI

El grito

¡Mamiiii! ¡Mamiiii! Escuché aquel grito desde el primer día que me mudé a aquel viejo edificio. Era una voz aguda, chillona, desesperada, de una niña muy pequeña. No decía nada más. Lo hacía durante varios minutos. Luego, el silencio.

No le di importancia. La tarde siguiente, casi al oscurecer, la niña comenzó a gritar nuevamente. Imaginé que se trataría de un juego o que a la madre siempre se le olvidaba darle la merienda a su hora. Me asomé a la ventana que daba a un patio interior para ubicar el lugar exacto del que provenía aquella súplica. Imposible. El grito era tan nítido como difícil de localizar. Abrí la puerta del departamento y vi a un vecino bajando por las escaleras, le llamé, pero siguió su camino. Imaginé que seguía molesto por mi presencia. En un principio, la junta de vecinos se había opuesto a que me mudara. Sólo el viejo portero había abogado por mí. “Es una buena chica, seguro que no dará problemas”, les dijo en mi presencia. Aceptaron.

Con los días me acostumbré a aquel chillido. Sabía que poco después de llegar del trabajo comenzaría la odiosa letanía. A veces también gritaba los fines de semana por las mañanas. Fue un domingo, al salir de casa para verme con unas amigas, cuando la niña comenzó con su insoportable alarido. ¡Mamiiii! ¡Mamiiii! Agucé el oído, pero no lograba encontrar el lugar exacto. Primero creí que venía de los pisos de arriba, mientras subía las escaleras, comprendí que iba en el sentido equivocado.

A la mañana siguiente, al bajar en el ascensor me encontré con una de mis vecinas. Hice un comentario al respecto de los gritos, pero ella se limitó a sonreírme con timidez, luego desvió la mirada a un punto indeterminado. No supe qué pensar.

Con el paso del tiempo fui olvidando el grito. El oído es tan inteligente, que con el paso del tiempo elimina aquellos sonidos que se vuelven cotidianos, que ya no nos dicen nada, que no nos interesan. A veces creía que habían pasado días sin escucharla, y entonces volvía a oírla a lo lejos. ¡Mamiiii! ¡Mamiiii!

Hasta que una noche me desperté con aquel alarido casi gritándome al oído. Ahora no tenía duda, estaba convencida de que si abría la puerta del departamento estaría ahí ella. Me levanté de un salto y corrí hacia la entrada, abrí la puerta de golpe. ¡Mamiiii! ¡Mamiiii! No había nadie, ahora el grito corría por las escaleras. Lo seguí en la oscuridad. ¡Mamiiii! ¡Mamiiii! A cada grito se me saltaba una lágrima, no entendía cómo ninguna puerta se abría, cómo ninguna luz se encendía. ¡Mamiiii! ¡Mamiiii! Lo escuchaba cada vez más cerca, hasta que sabía que al siguiente paso tropezaría con ella, estiré los brazos y sentí sus huesos.

Desperté en mi cama. Frente a mí, el anciano portero del edificio me sonreía con ternura. “Tiene que irse, señora”, me dijo sin perder la dulzura de su rostro. Antes de que dijera cualquier cosa añadió: “Todos quieren que se vaya, me incluyo, para todos… es alguien especial y ayer, en fin, no se preocupe, conozco un lugar donde usted estará mejor y todos contentos”.

Durante la semana anterior a mi mudanza reinó el silencio. Incluso en mí misma. Dejé de hablar. Los vecinos se encargaron de todo. Ya con el departamento completamente vacío, el portero vino por mí para encaminarme al taxi. Mientras bajábamos por las escaleras me llevó de su brazo. Se despidió de mí con un beso en la mano y me abrió la puerta. Lloviznaba. Sentí el aire frío sobre mi cara y escuché cómo la puerta se cerraba a mis espaldas. Antes de subir al taxi miré hacia la que era mi ventana y una sombra se apartó ante mi mirada. Apenas el coche se puso en marcha, mis huesos se estremecieron. ¡Mamiiii! ¡Mamiiii!

carlos lópez-aguirre
Barcelona, 12 de enero de 2012

El lenguaje: mucho más que palabras

El Consejo Nacional de Educación del gobierno de Sebastián Piñera, ese presidente de Chile que está convencido que la educación es un “bien de consumo”, ha decidido cambiar de los libros de texto de primaria la palabra “Dictadura” por “Régimen Militar”, argumentando que de esta manera “se deja de mirar la historia de una sola óptica”. Curioso, pues los militares no se fijaron en este tipo de matices durante sus años en el poder. No obstante, lo interesante de esta noticia es que el lenguaje sigue siendo tema de debate en un tiempo en que la palabra, oral o escrita, se encuentra en franca devaluación.

El lenguaje es un material tan sensible que su manejo requiere de cuidados extremos. Porque cada cosa que escribimos o leemos va cargada de una intención, de una idea (o ideología) e incluso de un sentimiento que no puede escapar de nuestra conciencia. Sí, el lenguaje es libre y, por lo tanto, debemos ser responsables al utilizarlo.

Curiosamente, en esta era digital, cuando quizá se escribe y se lee más que en cualquier otra época de la historia, el lenguaje ha perdido valor debido a que, y me atrevo a dar una hipótesis arriesgada, los nativos digitales consideran el lenguaje como un compañero habitual con el cual pueden comunicarse, pero no son conscientes de su influencia en su vida, en su forma de pensar o de sentir. Porque para los nativos digitales leer y escribir es un hábito. La computadora o el celular han sido sus compañeros desde que tienen uso de razón, pero esto no significa que hayan recibido una guía adecuada en su utilización, y no me refiero sólo a sus especificaciones técnicas.

Cualquier hábito necesita de una guía. Para comer debemos saber cómo se utilizan los cubiertos, al lavarnos los dientes debemos saber la mejor forma de utilizar el cepillo, entre muchos otros ejemplos. Así que saber utilizar el lenguaje correctamente no debe ser la excepción.

Hace un mes surgió una polémica en internet debido a la carta de un profesor universitario que decidió dejar de dar clases decepcionado de que sus alumnos fueran incapaces de escribir un párrafo sin errores. Sólo pedía eso y no lo lograron en todo un curso. En su carta da algunas hipótesis sobre esta falta de ambición en el manejo del lenguaje, y en especial menciona el uso sin guía ni control de las nuevas tecnologías, donde la ortografía y la sintaxis es lo de menos.

Las respuestas no se hicieron esperar. En especial destacó la de una alumna de la misma universidad que criticaba especialmente que el profesor pensara “que el único conocimiento válido es el que reside en los libros” y argumentaba que tal vez le faltó motivar a sus alumnos con otro tipo de materiales. Quizá sea cierto, pero si no podemos asimilar el conocimiento de un libro y expresarlo con nuestras propias palabras, seremos incapaces de comprender cualquier otro tipo de lenguaje, porque todas las interpretaciones nacen de las palabras, no contamos con ningún otro elemento.

Las nuevas tecnologías son tal vez los mejores medios de comunicación que han existido en toda la historia de la humanidad, pero si matamos el lenguaje por una falta de rigor, comenzará a imperar el reinado de la ignorancia y, por lo tanto, de la injusticia. Y no estamos muy lejos de llegar a ese momento. Un ejemplo claro es México: el candidato del PRI a ser presidente del país en las próximas elecciones, Enrique Peña Nieto (@EPN), fue incapaz de mencionar los tres libros más importantes en su vida en plena Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Después de balbucear que uno era la Biblia y mencionar otros con los títulos y los autores equivocados, tuvo el cinismo de decir que él y su equipo tenían la culpa de no haber preparado la respuesta a una pregunta obligada en una feria literaria. Hoy sigue siendo el candidato favorito en las encuestas y es casi segura su victoria en julio próximo. Seguramente hará una buena amistad con su homólogo chileno.

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