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87 CAMBIOS 87

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87blogHace algunos días comentaban en un documental que cuando repetimos una misma acción en varias ocasiones, tenemos la sensación de que la realizamos en un tiempo menor, aunque no sea así, por lo que la fórmula para ‘alargar la vida’ es hacer cosas distintas cada día, romper siempre con la rutina. Por esta razón, cuando somos niños, percibimos que el tiempo pasa lentamente, pues todo lo que sucede a nuestro alrededor es novedoso.

Por desgracia, conforme vamos creciendo nos llenamos de hábitos y obligaciones que con el paso del tiempo producen un tedio insoportable. Aunque es curioso, porque igualmente le tenemos pavor a los cambios. Principalmente a esos que nos transforman, que nos llevan por un camino que no nos habíamos planteado. Y sin embargo, cuando ha pasado el vendaval, sentimos que hemos dado un paso adelante, respiramos más ligero e incluso estamos dispuestos a nuevos riesgos. Tal vez por eso los instantes y las personas que nos rompen los esquemas, son inolvidables.

Y aunque de niño esos cambios son continuos, y prácticamente todos incontrolables, hay algunos que marcan para siempre.

El año 1987 es especialmente excepcional. En aquel tiempo México se había recuperado del trauma del terremoto, aunque todavía no digería la eliminación del Mundial frente a Alemania. En la radio todavía sonaban algunos de los éxitos del disco Timbiriche 7, cuando ya estaba en el mercado el álbum doble VIII y IX. Aunque la gran novedad musical del momento eran unos casetes de grupos desconocidos, como Caifanes, Soda Stereo o Los Amantes de Lola, todos marcados con una etiqueta donde se leía “ROCK en tu idioma”, lo cual era una revolución en un país invadido musicalmente por el vecino del norte.

Mientras tanto, en casa, desde el inicio sabíamos que sería el año de las fiestas. Mi familia preparaba mi primera comunión; nuestra tía más cercana organizaba el bautizo de su primogénito y, finalmente, una prima cumplía sus tan esperados ‘Quince Años’, los cuales tendrían como peculiaridad que el vals sería bailado a la antigua, es decir, con catorce damas y quince chambelanes, entre ellos mi hermano. Y como curiosidad, aquella fiesta también fue la causante de un cambio que nos transformaría para siempre.

Era una noche más de ensayos del vals quinceañero, casi al final de la primavera del 87. Mis padres observaban progresos de los muchachos, cuando la madre de la festejada comentó que aquella casa donde se encontraban estaría vacía para el día de la fiesta, aunque prácticamente ya lo estaba, pues el último inquilino, recién divorciado, sólo ocupaba una habitación. Al final mi tía comentó que su cuñada, dueña de aquel lugar, quería alquilarla. Entonces mi padre, sin pensarlo soltó para todo el personal: pues nos venimos nosotros.

Desde algunos años atrás en la familia corría la idea de cambiar de casa. Incluso habíamos visto algunas opciones, pero nada en concreto. El terremoto del 85 fue un motivo más, pues en la colonia, después del desastre, empezaron a campar a sus anchas las bandas y las drogas. Así que tal vez en un primer momento se podría pensar que cambiar de casa era algo esperado, pero jamás imaginamos que iba a ocurrir todo tan deprisa.

A partir de aquella noche todos nuestros esfuerzos estuvieron encaminados a dejar el empobrecido norte y trasladarnos al prometedor sur de la Ciudad de México. Tantas eran nuestras prisas, que cuando llegó el día de mi primera comunión, mi casa era un tiradero con cajas y paquetes regados por todos lados. Y para el día de la gran fiesta de mi prima, ya estábamos instalados. Pero durante aquel breve lapso de tiempo había vivido tantas cosas, que sentía que habían pasado años.

Dejar el barrio de siempre no me importaba. Varios de mis amigos comenzaban también a dejarlo y vivía emocionado con el cambio. Pero un niño, aunque suele adaptarse con facilidad a nuevos entornos, no deja de ser difícil que el mundo que conocía hasta ese momento desaparezca y que, de un día para otro, los esquemas que había formado en pocos años queden hechos añicos en tan poco tiempo.

Cambiar el norte por el sur de la Ciudad de México fue comprender que no toda la gente vivía como había visto hasta ese tiempo. Los niños no jugaban en la calle, ni las madres se quedaban a charlar en cualquier parte donde se encontraban. También observé que la gente no iba diario al mercado tradicional, como mi madre en Valle de Aragón, sino que acudía a los supermercados todos los días, cuando nosotros sólo íbamos el ‘Miércoles del Plaza’. También supe que los centros comerciales eran algo cotidiano y no cosa de fin de semana o de un cumpleaños. Y finalmente, cuando llegué a mi nuevo colegio, supe que existía eso que llaman ‘clases sociales’, incluso entre los niños, pues los gustos y las costumbres son distintas. Pero esa es una historia que merece un espacio aparte.

La noche que nos cambiamos definitivamente, fue una de las más felices de mi vida. La nostalgia por la casa de mi infancia vino mucho tiempo después. Sin saberlo, en aquel momento comenzaba una etapa que duraría diez años, cuando vino otro cambio, cuando otros esquemas se quebraron, cuando decidí afrontar nuevos riesgos, cuando, por un instante, la vida se hizo más larga.

Anecdotario 05
carlos lópez-aguirre
Barcelona, septiembre de 2009

Escrito por carlos lópez-aguirre

18 Septiembre 2009 a 14:04

Escrito en Periodismo, anecdota, cronica

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La bofetada del Señor Richter

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m85webEn casa los únicos desastres fueron un par de huevos quebrados, una barba mal afeitada y dos niños sin vestir. La falta de un indicio evidente de destrucción nos mantuvo en calma. A excepción de la falta de energía eléctrica, no teníamos nada qué lamentar. Incluso mi hermano y yo nos reíamos recordando al cómico locutor de radio que había dicho apenas un par de minutos antes con sorna “¡está temblando, está temblando!”. Se llamaba Sergio Rod y en aquel momento ya había muerto. Era el 19 de septiembre de 1985.

Frente a la casa, un par de albañiles revisaban una barda que se les había caído. Los vi al asomarme por la ventana para observar a mis padres dentro del coche mientras escuchaban la radio. Cuando volvieron sus caras habían cambiado. Según las noticias el centro de la ciudad era un caos, varios edificios estaban destruidos, entre ellos el emblemático Hotel Regis y la sede de Televisa en Avenida Chapultepec. La estación de radio que solía sintonizar mi padre todas las mañanas, por supuesto, había desaparecido.

La incertidumbre se convirtió en temor cuando mi madre me llevó al colegio y nos dijeron que no habría clases hasta nuevo aviso. Durante aquella mañana sin luz nos dedicamos a mirar por la ventana. No sabíamos en aquel momento que muchas de las escenas que veíamos en la calle se repetirían una y otra vez en los días siguientes: gente con el radio pegado al oído, largas filas en los teléfonos públicos, gente acarreando agua, caras de espanto.

Después de comer, volvió la luz, pero en la televisión no se transmitía absolutamente nada, así que las imágenes las sustituimos con la imaginación alimentada por el relato radiofónico.  Mi mente infantil me hizo pensar en un cráter en medio de la gran ciudad, mientras los bomberos se empeñaban en bajar para rescatar a los supervivientes. Pero cuando aquella noche inició la transmisión televisiva, me di cuenta de que no sabía nada sobre lo que era la destrucción y la muerte.

A la mañana siguiente, aunque las imágenes que salían de la televisión eran dramáticas, también demostraban que la Ciudad de México podía estar hecha de otra madera en momentos difíciles. Miles de voluntarios ayudaban en las tareas de rescate. No había cabeza visible, pero sí un orden en medio del caos. Por su parte, el mediocre gobierno de la época guardaba un escandaloso silencio.

La voluntad inquebrantable por rescatar al mayor número de superviviente no se vio diezmada a pesar de la falta de ayuda oficial, la rapiña y, sobre todo, las réplicas constantes del terremoto. La peor se presentó sin avisar el 20 de septiembre por la noche. No lo fue tanto por la intensidad del sismo como por el pánico que causó entre la población. Fue el único momento en que lloré de miedo y le pedí a mi padres que me sacaran de aquella maldita ciudad que se movía como un papel al viento y que me llevaran al pueblo de mi madre. Pero no lo hicieron y se los agradezco.

De esta manera pude ser testigo de cómo salía vida de entre las ruinas: hombres, mujeres e incluso recién nacidos que aguantaron varios días entre las rocas hasta ser rescatados. Vi a uno de los mejores tenores del mundo picar piedra en busca de sus familiares y prometer una ayuda que hasta el día de hoy perdura y se agradece. Vi a mi madre llorar durante el entierro de los hombres que habían amenizado nuestras mañanas a través de la radio.

También me enteré de la dramática muerte de decenas de perros de rescate, traídos desde Alemania, después de haber cumplido su misión.  Escuché hablar de abusos, como el de varias personas que hicieron fila más de una vez para obtener alguna de las chamarras que el ejército israelí había llevado a los damnificados. Me enteré también de la historia (o mito) del avión de guerra norteamericano que sobrevoló la ciudad de México apenas una hora después del sismo y aterrizó en el aeropuerto sin ningún material de ayuda y sin ninguna explicación sobre la tarea que le habían encomendado. Pero sobre todas las cosas, observé con el paso del tiempo cómo una ciudad podía levantarse de sus ruinas sin la necesidad de sus líderes.

Años más tarde me encontré con un artículo sobre las consecuencias del terremoto. Decía que aquel día había sido realmente una sacudida, como una bofetada, para que el pueblo de México despertara del letargo en que se había mantenido desde la masacre de estudiantes en Tlatelolco en 1968. Porque el padre que había golpeado con tanta fuerza en aquella ocasión, se había desvelado como el más inútil ante una situación adversa y fuera de su control. Y aunque un cambio real no se ha dado hasta el momento, es cierto que México después del 19 de septiembre de 1985 no volvió a ser el mismo.

Anecdotario 04
carlos lópez-aguirre
Barcelona, septiembre de 2009

Escrito por carlos lópez-aguirre

7 Septiembre 2009 a 21:47