La bofetada del Señor Richter

m85webEn casa los únicos desastres fueron un par de huevos quebrados, una barba mal afeitada y dos niños sin vestir. La falta de un indicio evidente de destrucción nos mantuvo en calma. A excepción de la falta de energía eléctrica, no teníamos nada qué lamentar. Incluso mi hermano y yo nos reíamos recordando al cómico locutor de radio que había dicho apenas un par de minutos antes con sorna “¡está temblando, está temblando!”. Se llamaba Sergio Rod y en aquel momento ya había muerto. Era el 19 de septiembre de 1985.

Frente a la casa, un par de albañiles revisaban una barda que se les había caído. Los vi al asomarme por la ventana para observar a mis padres dentro del coche mientras escuchaban la radio. Cuando volvieron sus caras habían cambiado. Según las noticias el centro de la ciudad era un caos, varios edificios estaban destruidos, entre ellos el emblemático Hotel Regis y la sede de Televisa en Avenida Chapultepec. La estación de radio que solía sintonizar mi padre todas las mañanas, por supuesto, había desaparecido.

La incertidumbre se convirtió en temor cuando mi madre me llevó al colegio y nos dijeron que no habría clases hasta nuevo aviso. Durante aquella mañana sin luz nos dedicamos a mirar por la ventana. No sabíamos en aquel momento que muchas de las escenas que veíamos en la calle se repetirían una y otra vez en los días siguientes: gente con el radio pegado al oído, largas filas en los teléfonos públicos, gente acarreando agua, caras de espanto.

Después de comer, volvió la luz, pero en la televisión no se transmitía absolutamente nada, así que las imágenes las sustituimos con la imaginación alimentada por el relato radiofónico.  Mi mente infantil me hizo pensar en un cráter en medio de la gran ciudad, mientras los bomberos se empeñaban en bajar para rescatar a los supervivientes. Pero cuando aquella noche inició la transmisión televisiva, me di cuenta de que no sabía nada sobre lo que era la destrucción y la muerte.

A la mañana siguiente, aunque las imágenes que salían de la televisión eran dramáticas, también demostraban que la Ciudad de México podía estar hecha de otra madera en momentos difíciles. Miles de voluntarios ayudaban en las tareas de rescate. No había cabeza visible, pero sí un orden en medio del caos. Por su parte, el mediocre gobierno de la época guardaba un escandaloso silencio.

La voluntad inquebrantable por rescatar al mayor número de superviviente no se vio diezmada a pesar de la falta de ayuda oficial, la rapiña y, sobre todo, las réplicas constantes del terremoto. La peor se presentó sin avisar el 20 de septiembre por la noche. No lo fue tanto por la intensidad del sismo como por el pánico que causó entre la población. Fue el único momento en que lloré de miedo y le pedí a mi padres que me sacaran de aquella maldita ciudad que se movía como un papel al viento y que me llevaran al pueblo de mi madre. Pero no lo hicieron y se los agradezco.

De esta manera pude ser testigo de cómo salía vida de entre las ruinas: hombres, mujeres e incluso recién nacidos que aguantaron varios días entre las rocas hasta ser rescatados. Vi a uno de los mejores tenores del mundo picar piedra en busca de sus familiares y prometer una ayuda que hasta el día de hoy perdura y se agradece. Vi a mi madre llorar durante el entierro de los hombres que habían amenizado nuestras mañanas a través de la radio.

También me enteré de la dramática muerte de decenas de perros de rescate, traídos desde Alemania, después de haber cumplido su misión.  Escuché hablar de abusos, como el de varias personas que hicieron fila más de una vez para obtener alguna de las chamarras que el ejército israelí había llevado a los damnificados. Me enteré también de la historia (o mito) del avión de guerra norteamericano que sobrevoló la ciudad de México apenas una hora después del sismo y aterrizó en el aeropuerto sin ningún material de ayuda y sin ninguna explicación sobre la tarea que le habían encomendado. Pero sobre todas las cosas, observé con el paso del tiempo cómo una ciudad podía levantarse de sus ruinas sin la necesidad de sus líderes.

Años más tarde me encontré con un artículo sobre las consecuencias del terremoto. Decía que aquel día había sido realmente una sacudida, como una bofetada, para que el pueblo de México despertara del letargo en que se había mantenido desde la masacre de estudiantes en Tlatelolco en 1968. Porque el padre que había golpeado con tanta fuerza en aquella ocasión, se había desvelado como el más inútil ante una situación adversa y fuera de su control. Y aunque un cambio real no se ha dado hasta el momento, es cierto que México después del 19 de septiembre de 1985 no volvió a ser el mismo.

Anecdotario 04
carlos lópez-aguirre
Barcelona, septiembre de 2009

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