Archivo del Autor: carlos lópez-aguirre

Microrrelatos 54

La envidia

Un hilo de sangre recorre su pecho hasta escurrirse hasta sus pies. Un dolor agudo le azota el alma, sabe que todo ha terminado, ya no habra sol, ni viento, ni besos, ni lágrimas, ni cielos.

Mira a los ojos a su ejecutor, que lo observa más asustado que complacido.

La decepción lo derrumba. Cae.

Se toma el pecho. No lo hace por dolor, es tristeza. Comprende que ese que lo mata, no se ha dado cuenta de la belleza del día siguiente.

carlos lópez-aguirre
Puebla, México. 20 de marzo de 2014

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Nota al autor

Hace tiempo que dejé de ser tuya. Hace tiempo que me cansé de que me utilizaras.

Ahora sabes que ya nada nos une. Sólo las palabras.

Esas que pusiste en mi camino y por el que muchos se guían para conocer mi destino, ese que no deseaba, ese que culmina con una tragedia, mi tragedia. Morir una y otra vez en cada ejemplar.

Pero sólo tú tocaste el cielo. Pero te arrepientes de mi muerte, ahora que no sabes cómo continuar.

Como yo con este relato que escribo sin pensar.

carlos lópez-aguirre
Puebla, México. 20 de marzo de 2014


Microrrelatos 53

El horror

Fue en el último instante, en ese minuto final que separa la vida de la nada, cuando él, recostado en la cama de aquel hospital, sucumbiendo al dolor de una larga agonía, solo, en medio de la oscuridad y el silencio, cuando comprendió que la vida es una larga cadena de tiempos perdidos, de temores, de omisiones, de viciosa ociosidad.

Una mueca le desfiguró la cara.

Murió.

carlos lópez-aguirre
Ciudad de México, 11 de junio de 2013

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Paradoja

Era el vestido más bello que había visto jamás.

Era verde, floreado y entallado. Se ajustaba preciso a sus formas perfectas, como si lo hubieran cosido a mano sobre su cuerpo. A su paso, era inevitable recorrerla, acariciarla con la mirada.

Se veía tan bella con aquel vestido, que me reía de la paradoja: lo único que deseaba era quitárselo.

carlos lópez-aguirre
Barcelona, 11 de febrero de 2014


Microrrelatos 52

Errata

Subió al sótano en lo más alto del edificio. Bajó con las manos metidas en los bolsillos, mientras disfrutaba de la lectura del libro que le habían regalado dos días después. Salió del ascensor convencido de que algo andaba mal, pero la espuma de las olas que mojó sus pies calmó sus ansias. El sol brillaba con fuerza, lo que hacía más oscura y fría la noche. Apagó la luz, convencido de que moriría si permanecía más tiempo en el bosque y desapareció para quedarse para siempre en ese teatro, donde ella era el personaje principal.

carlos lópez-aguirre
Barcelona, 11 de noviembre de 2013

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La angustia de cada tarde

Mañana era tan sólo una promesa: lejana e incierta. Pero al fin una promesa, algo que no se ha llegado a cumplir.

Y se desea.

Cada día, después de levantarse, desayunar en silencio, conducir hasta el trabajo, saludar sin ganas, trabajar sin aliento, beber, mear, trabajar, volver a beber y volver a mear, comía solo y apartado, sin poder llenar el hueco que se le formaba cada tarde en la boca del estómago. Una angustia sin sentido le recorría los huesos hasta hacerlos temblar.

Mañana, se repetía, convencido de que la promesa jamás se llegaría a cumplir.

Entonces, el amanecer.

La promesa cumplida.

Jamás acudió.

carlos lópez-aguirre
Barcelona, 12 de noviembre de 2013


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