Primera clase

crayolasEn cualquier proceso de la vida existe una primera vez, y toda primera vez, siempre provoca temor. Hay “primeras veces” sin fecha especificada, sólo sabemos que algún día ocurrirá. Durante el tiempo de espera, de vez en cuando pensamos de qué forma se presentarán esas experiencias y cuál será nuestra reacción ante las mismas. Lo curioso es que cuando llega ese momento, ni fue como lo imaginamos ni reaccionamos como pensamos. Sin embargo, también existen otras “primeras veces” que tienen una fecha concreta. En estos casos la espera puede ser peor que la experiencia misma. Este suele ser el caso del primer día que vamos a la escuela.

Si supiéramos lo que va a suceder en el futuro, nos evitaríamos muchos miedos estúpidos, pero la vida sería igualmente una absoluta tontería. Y como no sabía lo que pasaría años más tarde, ni me preocupaba de ello, ver la fecha del 2 de septiembre de 1983 marcada en el calendario me provocaba un nudo en la garganta. No podía imaginar mi vida lejos de mi casa, de mis padres, de mi calle y de mis amigos. Porque aquellos niños con los que colocaba cuatro piedras que servían de improvisadas porterías en medio de la calle, no irían al mismo colegio que yo. Ellos irían a un colegio público y yo a uno privado. A los seis años de edad uno no entiende esas diferencias y mucho menos se cuestionan.

En aquellos días, mientras mis padres hacían un enorme esfuerzo por comprarme el material y los uniformes, en lo único en lo que pensaba era en la forma de escabullirme por segunda vez de la condena de ir a la escuela. Ya lo había hecho el año pasado: llorando como Magdalena toda la primavera del año anterior, hasta que mi padre se compadeció de su pequeño vástago e intercedió ante mi madre para darme un año más de vacaciones. De esta manera pude disfrutar del Doctor Sócrates, de Paolo Rossi y de Naranjito, las grandes figuras del Mundial España 82, con la tranquilidad de que no me sentaría en un pupitre aquel otoño.

Pero llegó 1983 y la fecha estaba fijada. Así que ante la imposibilidad de evitar la condena, tomé la actitud de hacerme el duro, de fingir emoción por los útiles, interés por los libros y felicidad por los uniformes. Pero llegó el verano y entonces supe que el tiempo pasa y es inevitable.

La actuación terminó una calurosa tarde de agosto. Lo recuerdo porque en la casa entraba un sol radiante que se posaba cómodamente en la sala. Durante toda la mañana un solo pensamiento había recorrido mi mente mientras jugaba distraído: que se acercaba la fecha de ir a la escuela. Entonces escuché que nos llamaban a comer a mi hermano y a mí. A pesar del calor, mi madre había preparado sopa de fideo (que en aquella época no era de mi agrado). Ante todas las terribles coincidencias que se habían conjugado aquel día no pude más y dos lágrimas silenciosas cayeron sobre el caldo rojizo. Mi madre, preocupada, me preguntó qué era lo que me pasaba.

– No quiero que llegue septiembre – fue mi respuesta.

Mi madre y mi hermano soltaron una sonora carcajada que no compartí. Y durante toda la comida se dedicaron a describirme las maravillas del colegio. Pero nadie experimenta en cabeza ajena y, por supuesto, no les creí ni media palabra.

Entonces llegó el día señalado. Recuerdo casi nada de lo que sucedió en casa antes de partir, como si ese día me hubiera despertado caminando sobre un lote baldío, con mi padre de la mano. Creo que no hablé durante el trayecto, y mi padre tampoco. Tal vez estaba igual de asustado que yo. En mi caso, además del temor, estaba concentrado en una promesa personal: no iba a soltar una lágrima.

Llegamos a la puerta del colegio. Mi padre me dio un beso y me dijo que entrara. Lo hice y no miré para atrás, porque sabía que no cumpliría mi promesa. Entonces, como cualquier novato, me dirigí al primer lugar que se me ocurrió, así que subí y subí escaleras, hasta llegar al último piso del colegio. Una niña me vio y me preguntó si sabía en qué salón me tocaba. Le contesté que sí y le di el grado y la letra del salón. Me tomó de la mano y bajamos juntos hasta llegar a la puerta que me correspondía. Me solté de ella sin decir nada, sin soltar una lágrima, y entré al salón.

Anecdotario 03
carlos lópez-aguirre
Barcelona, agosto de 2009

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