Tripas digitales

Cuando hace un par de semanas el grupo de comunicación norteamericano Sun Chronicle anunció que cobraría a sus lectores 99 centavos de dólar por opinar en sus ediciones digitales, con el fin de evitar el anonimato y mejorar la calidad de las participaciones, pensé que éste sería el inicio del elitismo digital: opinarán sólo aquellos que puedan pagarlo.

Días más tarde dudé de mi primera impresión al leer varios comentarios vertidos en las noticias que tenían como tema principal la inmigración (se acercaba la fecha para la puesta en marcha de la ley anti-inmigración de Arizona). Bajo el manto del nickname, decenas de personas vomitaron todos aquellos insultos racistas que su cobardía impide (¡gracias a dios!) decir en persona. Es necesario señalar, igualmente, que las respuestas por parte de inmigrantes no se destacaban precisamente por su serenidad o equilibrio (aun cuando sea comprensible el enfado).

Por encima de los temas y las posiciones que uno pueda defender, lo que realmente comenzó a preocuparme es cómo los medios digitales están transformando nuestra vida. Es cierto que durante siglos la humanidad ha experimentado centenares de cambios; la diferencia de la era digital es su velocidad, que sólo nos ha regalado prisas y dependencias pero que, a la luz de los hechos, somos incapaces de alcanzar.

Antes de la aparición de los medios digitales y mucho antes de que éstos tuvieran la capacidad de ofrecer una interacción con el lector, las opiniones las ahorrábamos para los salones de clase,  las discusiones familiares, las charlas de café (¡si sabré yo de eso!)  o incluso el asiento de un taxi. Opinar o defender una posición, cara a cara, exige una importante capacidad reflexiva para lograr una saludable esgrima dialéctica. Ya no se diga cuando se trata de escribir sobre aquello en lo que pensamos, ideamos o creemos. Es una actividad que demanda una concentración absoluta, porque en este caso a las palabras no se las lleva el viento.

Opinar es un derecho y debemos aprovechar los foros que los medios digitales ofrecen. No podemos dejarnos llevar por la pasión que nos pueda crear un comentario con el que no estamos de acuerdo o que nos produzca un enfado. En ese momento es el medio el que nos controla, nos invita a contestar lo antes posible. Y lo más perturbador es que esperamos que el ‘rival’ conteste a la misma velocidad. Y sin darnos cuenta, la opinión, la reflexión y el criterio se diluyen en la red.

La última vez que opiné en un medio, a mucha gente le gustó (a lo Facebook) mi comentario. Eso me perturbó. No era una opinión meditada, sino más bien sacada de las entrañas. Tal vez debí detenerme un minuto antes de escribir. Quizá no le hubiera gustado a tanta gente, pero les habría ofrecido algo más inteligente. En fin, al paso que vamos tendremos que navegar con la tarjeta de crédito al lado y pagar por nuestras opiniones.

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Un comentario sobre “Tripas digitales

  1. En algunas ocasiones lo que se dice sin pensar es lo más sincero, pero a la vez resulta ser una idea sin sentido. Hay que ver que las ideas tengan una información válida y que lo que se quiere informar este en esa idea escrita rápida, por eso es que se hacen primero los borradores. Para mi me es difícil el Facebook (y otras redes sociales) porque siempre me tardo en plasmar mis ideas sin decir incoherencias.
    Saludos desde la ciudad de los palacios (todos contaminados)

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