Vuelta a las primeras letras

“La idea del eterno retorno es misteriosa”. De esta manera inicia Milan Kundera su novela más famosa, y tal vez más leída, La insoportable levedad del ser. Poco tiempo antes de que leyera por primera vez esta frase, la idea del eterno retorno ya me dada vueltas (literalmente) por la cabeza. Se había manifestado ante mí por primera vez en forma de novela, concretamente en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. En principio creí que ese continuo regreso al origen no era más que un recurso literario.

Años más tarde, mientras cursaba la Universidad, la idea fue comentada, reflexionada, amasada, destripada y vuelta a construir por un profesor incomprendido y temible con el cual comparto ahora una amistad inestimable. Su perspectiva acabó de convencerme de que esta idea no era sólo un recurso literario, sino que afectaba directamente nuestra existencia: no es la condena de repetirnos hasta el fin de nuestros días, pues no se trata de un regreso al punto de partida, sino de una vuelta en el espiral de la vida, la cual ya nos ha colocado en otro tiempo, en otro lugar y que nos ha proporcionado un cúmulo de experiencias. Se trata entonces de un regreso al origen, o mejor dicho a varios orígenes que se generan en instantes puntuales de la vida, que nos afectan y modifican,  y a los cuales regresamos inevitablemente, casi siempre sin saberlo, para reconstruirnos a partir de lo que hemos sido.

Dos años atrás volví a retomar con seriedad el hábito de escribir. Durante ese tiempo he realizado diversos ejercicios de escritura en busca de un tono, de un estilo. Ha sido una tarea ardua y un tanto dolorosa. En los tiempos que corren las influencias, los comentarios y el excesivo flujo de información (al cual suelo prestar demasiada atención), me han llevado a una confusión  que sólo ha podido ser resuelta con un giro completo en el espiral.

La primera vez que tuve la intención de escribir un relato fue al principio de mi juventud, porque en los inicios de la adolescencia  lo que quise escribir fue una novela. Esto sucedió después de leer, con confesada excitación, Aura de Carlos Fuentes y la ya mencionada Cien Años de Soledad. La historia de aquella novela inconclusa comenzaba con la llegada de un anciano a una casa de huéspedes. El narrador era una joven que yo imaginaba siempre vestida con un abrigo rojo. Poco más recuerdo de la trama, pero sí del tono. Era sencillo y directo, como si se lo contara a un amigo en un café.

Este recuerdo volvió con fuerza hace algunos días a partir de una serie de circunstancias. Por un lado, la lectura de la novela Cartas cruzadas de Darío Jaramillo Agudelo ha sido fundamental (en estos momentos voy a la mitad, y es de lo mejor que he leído en los últimos tiempos). Su redacción limpia y clara para contar una historia tan compleja como apasionante, me ha enamorado.

Por otra parte, ha sido fundamental recuperar la escritura narrativa como oficio. No ha sido escribiendo en un periódico, como me sucedió hace una década, sino escribiendo cartas para quien lo necesita.

Como si me tratara de un ‘evangelista’ de la Plaza Santo Domingo de la Ciudad de México, a los que tantas veces vi de la mano de mis padres, me ofrezco para escribir. Lo que quiera la gente, cartas personales, cartas de presentación y sueño con que llegue alguien a pedirme una carta de amor. También redacto Currículums Vitae, muy recurrentes en estos tiempos de crisis. Escuchar cómo una persona  te dicta sus problemas y sus ilusiones de una forma tan sencilla y directa ha sido vital para recordar aquellos días en que se terminaba mi niñez y soñaba con contar la historia de un anciano y una chica vestida con abrigo rojo.

Cuando terminé la primera carta y se la mostré a su interesado, éste me observó con una inmensa sonrisa y agradeció decenas de veces mi servicio. Me pagó, por supuesto, como a todo obrero que realiza su oficio, pero yo ya había recibido, sin buscarlo, el beneficio que necesitaba: culminar una vuelta en el espiral y comenzar la siguiente.

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Un comentario sobre “Vuelta a las primeras letras

  1. Las espirales del tiempo, amigo mío, son bucles inexplicables, maravillosos y fascinantes. Lo importante, creo, es darse cuenta (a tiempo) de que estamos en una vuelta de tuerca… No pasar de largo por la vida

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