Personajes interesantes

La ignorancia, si no está teñida de prejuicio, provoca una sana curiosidad a quien la padece. Fue lo que pensé después de escuchar la conversación y el silencio de cuatro chicas universitarias mientras regresaban a casa en ferrocarril.

Es septiembre y Barcelona se despierta de su letargo veraniego. Poco a poco la rutina vuelve a su curso. El andén está un poco más lleno que en semanas anteriores, especialmente de jóvenes que van a los diferentes campus a las afueras de la capital catalana. Las cuatro chicas conversan en el andén. A primera vista se podría decir que tienen mucho tiempo de conocerse, pues su charla es amena y de vez en cuando ríen, aunque con una cierta timidez.

Las chicas suben al tren y se acomodan junto al narrador de esta historia, quien las mira detenidamente. Si nos ceñimos a los cánones de belleza modernos podríamos decir que una sobresalía de las demás: ojos verdes, cabello rubio, tez bronceada y generoso escote. Pero más allá de su belleza, era la que más hablaba y preguntaba. Irradiaba simpatía y repartía el juego de la charla. Las otras tres sólo la miraban a ella.

Comprendí que eran estudiantes de primer curso de universidad. Estaban emocionadas y parece que todavía no entendían muchas cosas de la logística del campus y de los temas expuestos por los profesores. Cuando  se hizo un silencio, la más agraciada aprovechó el momento para preguntarles sobre sus estudios previos. Dos de ellas hicieron un breve resumen. Nada fuera de lo común: buenas estudiantes de instituto y ningún problema en alcanzar la calificación mínima para ingresar a la universidad.

Al terminar su relato, algo se rompió. Ignoraron a la chica que no había abierto la boca y le preguntaron lo mismo a su bella compañera. Ésta, por su parte, contó prácticamente lo mismo que las otras dos y de inmediato le cedió la palabra a la cuarta del grupo. Era la menos agraciada del grupo y, por lo que narró poco después,  también era la mayor de todas. Su ropa y su forma de hablar evidenciaban que venía de un entorno muy distinto al de sus compañeras.

Contó que había comenzado el bachillerato cinco años atrás y que lo había estudiado de forma intermitente debido a diferentes problemas en su casa, aunque no quiso entrar en detalles. Durante el último año había trabajado en tiendas de ropa y como teleoperadora para ayudar con los gastos de su casa, aunque eso no le había impedido viajar a París y darse el gusto de unos días de verano en las Islas Baleares. Mientras hablaba, la bella la miraba atenta, con los ojos muy abiertos, mientras las otras dos simplemente veían para otra parte, como si no la escucharan.

Al llegar a la estación del rico barrio de Sarriá, la bella se levantó de un salto y se despidió de las tres con prisa, pero sin dejar de mirar a su nueva e interesante amiga. Las otras dos hicieron aspavientos con las manos y promesas de verse al día siguiente. No sé si las escuchó. Al cerrarse las puertas, el grupo guardó un silencio tenso e incómodo.

La mayor no despegó la mirada del suelo durante el resto del camino. Las otras continuaron el viaje con cara de aburridas. Se ignoraron. Quizá la primera lo hizo para evitar el rechazo. Las otras dos simplemente no tenían ningún interés en conocer a la otra, a la extraña, a la diferente. El prejuicio había prevalecido sobre su curiosidad. Ambas se bajaron en la misma estación, balbucearon un “adiós” de compromiso y se perdieron en el andén, acompañadas de su ignorancia.

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