Carta de presentación

Me esperaba en la salida del Metro y lo primero que me dijo fue que estaba convencido de que no llegaría a la cita. Era un tipo alto, de complexión gruesa y voz de locutor de radio. Se llamaba Florencio, boliviano, tiene más de sesenta años y no pierde la esperanza de conseguir un trabajo como albañil.

Había llamado un día antes. Hacía más de un mes que nadie tocaba a mi puerta para continuar con mi labor de escribano. Así que cuando llamó no entendí lo que me pedía hasta que recordé el anuncio en el periódico.

Concertamos una cita, pero equivoqué la salida y llegué tarde. Eso no sólo motivó sus dudas, sino que tal vez mi apariencia no le causó mucha confianza. Y no es que se haya fijado en mis viejos tenis, sino que el inmigrante veterano suele desconfiar de los aborígenes de la península. Así que cuando le solté que era mexicano, esbozó una enorme sonrisa, me tendió la mano y me dijo que él era de un pequeño pueblo de Cochabamba.

Nos encaminamos hacia su casa. Era la primera vez que me pedían trabajar a domicilio. Con mi primer cliente trabajé en una cafetería, con el segundo en su consultorio de odontólogo. Le pregunté si vivía con su familia, me dijo que no. Después de un largo silencio, añadió: “Nací solo, pues me moriré solo”. Lo curioso fue que al llegar al edificio saludó efusivamente a una chica que al final resultó habitante del mismo piso que mi cliente. Joven y tímida, apenas entramos, se encerró con llave en su habitación.

Era un edificio reformado de L’Hospitalet de Llobregat. El piso era grande, de buena presencia, donde la pobreza sólo se asomaba a través de una televisión vieja, los raros sonidos del refrigerador y un sofá pasado de moda. Deposité el portátil en la mesa del comedor y me puse manos a la obra. Florencio quería una carta de presentación para añadirla a su currículum. Y sin venir a cuento, me contó su historia.

Lleva siete años en España. Desde muy pequeño se ha dedicado a la albañilería. Me dijo que él era el primero de su familia que había dejado el campo: “el abuelo de mi abuelo trabajó casi hasta los cien años en una hacienda de un español”, comentó. Llegó a Barcelona en pleno boom inmobiliario, pero desde hacía dos años no tenía trabajo y al día siguiente de nuestra cita se le terminaba el subsidio al desempleo. Así que tenía que emplearme a fondo.

Redacté la carta según las indicaciones que me dio. Pero el texto apenas ocupaba algunas líneas. Así que le pregunté cuáles consideraba que eran sus principales cualidades y lo único que me contestó fue que para eso me había contratado, para hacer una carta llamativa.

Mientras escribía me preguntó que cuánto costaba el portátil. Le di un valor aproximado y me dijo con un tono curioso, como queriendo convencerme, de que él había tenido uno y también uno de “mesa”, pero que se los había mandado a sus hijos a Bolivia: “ellos las necesitan mucho para estudiar”, me aseguró.

Terminé la carta. La leí para él. Asentía con la cabeza cada vez que terminaba un párrafo. Desplegó otra vez su sonrisa y salimos de su casa en busca de una impresora. Desde que abandonamos su piso, había dejado de ser Carlos y me había convertido en Carlitos. Me prometió comentarles a sus amigos sobre mis servicios y que quizá él me volvería a llamar para enviar alguna carta a Bolivia.

Nos despedimos en una esquina de Avenida Santa Eulalia. Antes de desearme un buen regreso a casa, miró la carta con esperanza y sacó el dinero para pagarme de una billetera que se quedó completamente vacía. Mientras se alejaba, guardé el billete con una cierta culpa y deseé que ese pequeño texto sirviera para devolverle la ilusión con la que había cruzado todo un océano.

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4 comentarios sobre “Carta de presentación

  1. QUERIDO HIJO: COMO SIEMPRE TUS EXPRESIONES CRONICAS SON MUY SABROSAS Y ME QUEDO “PICADO” DE SEGUIR LEYENDO TUS ANECDOTAS Y POR ESTE MEDIO SABER DE LO QUE TE SUCEDE EN BARCELONA.

    ME DA GUSTO QUE TE SIGAN BUSCANDO PARA HACER LA LABOR DE ESCRIBANO Y QUE SIGAS GANANDO TUS EURITOS, OJALA TE RECOMIENDEN CON SUS CONOCIDOS.

    TE QUIERE MUCHO TU PAPA.

  2. Híjole, mi querido Carlos. Se me hizo nudo en la garganta y ojito Remi al leer esta crónica. Si no para otra cosa, creo que puedes estar seguro de que tu carta sí es un ingrediente fundamental para la recuperación de la ilusión. Saber que haces ese tipo de encargos a mí me hace pensar que sí.
    Un beso,
    Ale

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