Pecado original

– ¿Qué tiene de malo la risa? –
– La risa acaba con el miedo. Sin miedo no hay fe. Porque sin miedo al diablo, no se necesita a Dios. –
El nombre de la rosa

El cura que me bautizó tenía graves problemas con el alcohol. En mi niñez tuve la desdicha de perder mi tiempo escuchando sus largos sermones, con esa voz de la que salían sonidos ininteligibles, teñidos de efluvios etílicos. El temor a Dios era grande y mi aburrimiento me causaba una culpa irremediable. Sin decidirlo, había nacido católico, apostólico y romano. Hasta que un día eso se terminó.

Pero antes de que llegara ese día fui un fiel hijo de la iglesia vaticana. En el catecismo sacaba mejores calificaciones que en el colegio. Gracias a todo lo que aprendí ahí, en mi Primera Comunión estaba convencido de que no importaba todo lo bueno que fuera en la vida, me iría directito al infierno o, en el mejor de los casos, al purgatorio.

Para lograr por lo menos un pedacito de cielo (tenía mucha fe en conseguirlo), rezaba todas las noches. Recuerdo que una vez tuve tanto sueño que me quedé dormido en pleno Ave María. A la noche siguiente me impuse doble ración. Sin embargo, creo que los mayores sacrificios que realicé como católico fue intentar ver al Papa Juan Pablo II.

En 1990 me acerqué a la Nunciatura Apostólica junto con algunos compañeros del colegio. No logré verlo, pero esa noche acabé con una gripe que me obligó a recibir sendas inyecciones que recibí como estigmas en mi cuerpo. Cuatro años más tarde la Nunciatura sería el refugio de los narcotraficantes Arellano Félix bajo el amparo de Monseñor Gerónimo Prigione, gran amigo del presidente Carlos Salinas de Gortari, y quien recibió con gusto las jugosas y famosas narcolimosnas.

En enero de 1999 compartí la visita con un mal amor que lloró mientras veía pasar al Santo Padre por las calles que acostumbrábamos. Esa noche la culminamos en un hotel donde se negó a hablar de lo que habíamos vivido esa mañana. Quizá pensaba que hacerlo era pecado.

Días antes había intentado verlo junto con unos amigos en el evento más multitudinario de aquella visita. Para variar estaba enfermo y tuve que devolverme a casa en plena madrugada antes de que la hipotermia o una pulmonía me mataran. Lo rescatable de esa noche fue que le dejé mi saco de dormir a un amigo y eso lo salvó de acabar congelado.

Un año antes de su última visita comprendí, gracias a través de la experiencia y el conocimiento, que mientras permaneciera ligado a una institución tan oscura y reaccionaria, como lo es la Iglesia Católica, nunca sería libre. Así que dejé de rezar por la noches, de persignarme al pasar junto a una iglesia, de confesar mis pecados frente a un pecador, de creer en los dogmas impuestos por hombres de carne y hueso y, por supuesto, de seguir a Karol Wojtyla cada vez que iba mi país.

Poco antes de que arribara a tierras aztecas a beatificar a Juan Diego, me dediqué a comentar lo que el llamado “Abogado del Diablo” argumentó frente al Vaticano para impedirla: que no había una prueba histórica fehaciente de la existencia de Juan Diego, que las apariciones marianas no aparecían en las memorias de Fray Juan de Zumárraga o que simplemente la patrona del extremeño pueblo de Medellín, tierra natal de Hernán Cortés, se llama Guadalupe y es de tez morena: ¿No es mucha casualidad?

También empecé a cuestionarme sobre cuáles eran los beneficios a largo de las visitas papales. Más allá de un movimiento económico importante durante su estancia, no había una transformación en el país que ayudara a su desarrollo. Al contrario, dejaba una halito de oscurantismo y revivía la discusión de la permanente contradicción mexicana de ser católicos y guadalupanos, y al mismo tiempo venerar a Benito Juárez, la Reforma y la separación de la iglesia y el Estado.

Poco después de su visita a México, viajé a Toronto para cubrir la Jornada Mundial de la Juventud. Viajaría con un grupo de jóvenes de la Universidad Anáhuac, perteneciente a los Legionarios de Cristo, para hacer una crónica sobre su experiencia. Durante el vuelo hacia Canadá discutí con el coordinador del grupo sobre el celibato sacerdotal y la abstinencia sexual. Me confesó que tenía tres años de noviazgo con su chica y ambos estaban esperando su matrimonio para consumar su idilio. Ahora que lo recuerdo, no sé qué pensará ahora de su adorado Marcial Maciel y del gusto que le daba al cuerpo con cuanto chico o chica se le ponía al frente.

Los escándalos sexuales y la extendida pedofilia de sacerdotes a lo largo y ancho del mundo; su negativa a apoyar métodos anticonceptivos; la condenación de la interrupción voluntaria del embarazo; su repudio a los homosexuales y su afán de crear culpas y acumular riqueza me han alejado aún más de la institución católica.

Desde que dejé la iglesia no sé si he sido más feliz, pero sí he vivido más tranquilo. Miro con más atención hacia la tierra que hacia el cielo, que es quizá el mensaje que quiso dejar un carpintero de Palestina. Entonces, cuando recuerdo al cura que me bautizó, pienso que tal vez el alcohol fue el último refugio ante una vocación que quizá no eligió o de la que se sentía profundamente decepcionado y de la que no pudo escapar… para vivir.

Barcelona, a 4 de noviembre de 2010.
(San Carlos Borromeo y a tres días de la llegada de Joseph Ratzinger)

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2 comentarios sobre “Pecado original

  1. El “mensaje del Hijo del Carpintero”. Ése es el que realmente vale y el que la jerarquía eclesiástica se encarga de manchar y olvidar, cada vez con más fuerza…

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