Década

La Historia Universal es la de un solo hombre
Jorge Luis Borges

Todo comenzó con una gran fiesta. El mundo, por un momento se llenó de luz hasta que, poco a poco, se fue apagando; los gritos dieron paso a los murmullos, hasta que todo quedó en silencio. Dos amigos tuvieron el valor de recorrer las calles de la gran Ciudad durante las primera horas del nuevo siglo y lo único que encontraron fue una caja que caminaba a la par del viento.

Luego vinieron los locos. El primero destronó el imperio contradictorio de la revolución institucional. El otro hizo trampa, se hizo coronar y se fue jugar a su pueblo del que nunca debió haber salido. Hasta que una mañana nos despertamos todos con la imagen de dos torres derrumbadas por el odio y la ignorancia de ambos bandos. Su caída creó una espesa neblina que nos ciega hasta ahora.

Las batallas comenzaron poco después, primero fueron por venganza, luego por ambición. La justificaron con mentiras. Ellos las decían al tiempo que chocaba de espaldas con una piedra de una obra que nunca se terminó y que me transformó. Nos manifestamos, nadie nos hizo caso. Abracé al Nobel colombiano de literatura, así como a los amigos recuperados, a los que conocía de siempre y se volvieron especiales, al Maestro. Las balas cruzaron el Tigris, dijeron que serían pocas. Continúan disparando. Crucé el océano. Se tropezó, nos tropezamos.

El pez siguió mordiéndose la cola. Lo supimos el día que los vagones estallaron. Y los que defendieron la guerra, miraron para otro lado y culparon a los enemigos de casa para perpetuar su borrachera de poder. Hoy continúan con la resaca. Mientras que en las islas taparon su miseria con unas sábanas y el único que pagó fue un inmigrante que confundieron con un terrorista (algo habitual en los últimos tiempos). En los desiertos el drama es mayor, las violadas y los torturados caminan esquivando a los muertos.

Después vino la decepción. Los ladrones volvieron y se robaron la voluntad de un pueblo. Una maestra colocó a un enano en la misma silla que el demente de principios de siglo había desocupado. En el norte nada había cambiado, el miedo fue más fuerte que la razón. Hasta que Catrina (curioso, me acuerdo ahora de la creación de Posadas) los desnudó por completo y demostró que hasta los grandes imperios cuentan con sórdidos rincones que les da vergüenza mostrar. Por mi parte, como dice Serrat, dejé los montes y me vine al mar. Volví a casa por un momento, nos alejamos por un tiempo, volví y me fui nuevamente. Los extraño siempre.

La esperanza tomó la forma de un hombre alto y negro. Logró lo impensable y se ganó un premio sin merecerlo. Todavía le falta mucho para lograrlo, será difícil. El dragón de oriente, por su parte, se enriquecía a costa de esclavitud y la complacencia del mundo entero, que aplaudió a rabiar su espectáculo, donde no se sabía si las estrellas eran los que corrían en pantalones cortos o los de túnicas naranja. Al final, las que estallaron fueron las bolsas atiborradas de especulación, y los culpables exigieron a sus tutores que contribuyeran, que exigieran a sus súbditos que pagaran por sus errores. En eso andamos todavía.

Y al final supimos que en el sur la tierra vomitaba hombres en medio de la alegría de desconocidos y de un conocido por quien siento nostalgia; que un loco de oriente está a punto de apretar el botón de autodestrucción de su juguete favorito: su propio país; que el imperio sigue vigilante y ahora busca al culpable que los ha delatado; que mi país se desangra, y supuestamente el peligroso era el otro; que las amistades se continúan en un libro con rostro; que podemos traer toda nuestra vida en un bolsillo; que la música no cuesta nada; que el mundo sigue siendo mundo, con todas sus virtudes y sus defectos; que los seres humanos encontramos el sentido en lo único que vale la pena y que se escribe con apenas con cuatro letras; y que la nueva década se inaugurará con una nueva vida. Así sea.

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4 comentarios sobre “Década

  1. Genial! me quedé pensando en la cantidad de imágenes compartidas, en el mundo y su relato, en el tiempo, en la necesidad de la literatura, en lo raros que somos los humanos…

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