Doscientos

No tengo claro en mis recuerdos el día que la conocí. De repente un día apareció, tan querida como desconocida; toda llena de letras que describían aromas de guayaba podrida, selvas inexplorable y amores incestuosos y salvajes. Era tan joven como yo, pero había vivido ya tantas cosas que fue inevitable sumergirme en su historia.

Me contó las anécdotas de miles de aventureros que buscaron el final del mundo y la encontraron a ella, rica, exótica, pero llena de hijos que hubo que someter, que torturar y exterminar. Me habló de tiempos de una paz triste que culminaron en una revolución romántica, llena de buenas intenciones. La guerra obtuvo sus frutos, pero se fueron pudriendo con el tiempo, con la división, con la ignorancia, y la calma jamás volvió.

Me dijo que ha tenido hijos e hijastros de todo tipo: blancos, negros, morenos, colorados. Todos tan distintos en carácter, en acentos, incluso algunos hablan otro idioma. La mayoría son muy pobres, aunque hay otros, los menos, que son extremadamente ricos. En general son alegres, parlanchines, amables, dramáticos, sentimentales e incluso trabajadores, aunque la mayoría sueña con obtener mucho haciendo muy poco. Algunos incluso se han dedicado a hacer lo peor. No son muy unidos, quizá porque les cuesta identificarse con ella, aunque cuando están fuera de su regazo se reconocen, se saben cercanos. Hace años, todavía bajo su cielo, supe que era uno de ellos.

En el mundo la creen un lugar todavía por civilizar. Quizá en algún tiempo tuvieron razón. No fue hace mucho, cuando seres miserables vestidos de uniforme torturaron y asesinaron en nombre del orden, del capital y la religión. Se erigieron como héroes y salvadores de una libertad que nunca otorgaron. Un día se fueron dejando un largo rastro de sangre. Ojalá nunca vuelvan.

Después vinieron los años de los ladrones, de la pobreza, de la corrupción. Llegaron a salvarla otros señores. Éstos venían vestidos de traje y corbata, habían estudiado en el norte; dijeron que traían ideas nuevas: la vendieron, la prostituyeron. Sus desatinos trajeron nuevos mesías, éstos más autoritarios, locos y despilfarradores. Hambrientos de poder, han hecho cualquier cosa por alcanzarlo y mantenerse en él. Se consideran abiertos y cercanos, pero negocian con un garrote en la mano.

Me ha contado muchas otras cosas, de triunfos y fracasos, de alegrías y sufrimientos, pero la historia de América Latina es casi infinita, aun cuando dice que sólo tiene doscientos años de edad, y hasta el día de hoy continúa, dentro y fuera de ella, con la ilusión, por lo menos la mía, de un futuro mejor.

Para entender eso que llamamos América Latina.
García Canclini, Néstor. Latinoamericanos buscando lugar en este siglo. Ed. Paidós. Argentina, 2002.

Galeano, Eduardo. Las venas abiertas de América Latina. Ed. Siglo Veintiuno. México, 1971.

Reid, Michael. El continente olvidado. Ed. Norma. Colombia, 2007.

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3 comentarios sobre “Doscientos

  1. Casi me das envidia, ¡Tanto amor y tan bien palabrado!
    Déjame compartirlo un poco y desearte a ti paz, pan y trabajo.
    Un beso

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