Transición: apuntes de un año para otro

Tengo un amigo que no festeja la llegada de un nuevo año. Es más, me confesó que ahora tuvo tanto trabajo el último día del 2010, que se fue a su casa a dormir y se levantó al otro día como si fuera otro cualquiera. No hace lo mismo todos los años, me consta, pero parece que es lo habitual. Y lo cierto es que lo admiro por ello. Suelo ser bastante amigo de los rituales, especialmente por ese en el cual los años cambian de número. Quizá a eso se deba que cuando se acerca la fecha o acaba de pasar, mi cabeza da vueltas y pienso sobre hartas cosas. Me gustaría que esa fecha llegara y pasara como si nada. Que tan sólo me dejara llevar. Pero no es así. Qué le vamos a hacer.

La Ciudad águila y la serpiente pródiga
Me atrapa entre sus garras cada vez que llego a ella. Mientras el avión desciende siento cómo se acerca con sus uñas afiladas y su aroma a tortillas, tlacoyos, quesadillas, Channel No.5 y perro muerto. Tres años no son nada, pero cada vez que piso su suelo, en un primer momento, por no decir un par de días, me sorprende, me aturde, me asusta. Pero después del primer apretón, todo parece un abrazo. Nos miramos a los ojos, nos reconocemos. Nos sabemos parientes, aunque no sabemos qué somos. Nos sonreímos con nuestros vicios y hacemos como que no nos vemos las virtudes. Al final nos acabamos queriendo con pasión, incluso soltamos una lagrimita por lo que fue y nunca volverá a ser. Y cuando ya hemos asumido nuestra nueva condición, nos separamos: ella vuela en su permanente Valle de Anáhuac, mientras yo me arrastro hacia el asiento de un pájaro de acero. La veo alejarse por la ventana hasta que se apaga la última luz que me recibirá en otro momento.

Biblioteca vagón
Insisto, no hay nada que disfrute tanto como leer en los metros o en los ferrocarriles. Es ya un vicio. Si entro a un vagón sin un libro en la mochila empiezo a sudar, me dan mareos y busco a la desesperada a cualquier persona que esté leyendo, para robarle de reojo alguna letras, no me importa que sea el Libro Vaquero, el Hola, el Qué o un libro de Paulo Cohelo (bueno, no llego a tanto). Lo cierto es que me embarga la desesperación. Muchas veces los periódicos gratuitos me han salvado el viaje. Este año que terminó sufrí poco. Evité subirme sin mi ración de letras. Leí de todo: narrativa, periodismo narrativo, ensayo y, eso sí, poca poesía. De todo lo leído, las grandes revelaciones del año fueron Cartas cruzadas de Darío Jaramillo Agudelo, El libro salvaje de Juan Villoro, En el camino de Jack Kerouac, Traiciones de la memoria de Héctor Abad Faciolince, Patas arriba. La escuela del mundo al revés de Eduardo Galeano, Narrar con la realidad de Claudio Magris y la relectura de El abismo de Federico Reyes Heroles. La gran decepción, El Tercer Reich de Roberto Bolaño: que me disculpen los fans furibundos, no quiero ser víctima de un atentado, pero a Herralde se le está yendo la mano con el marketing definitivamente.

La lectura camina sobre rieles. Ahí vamos.

Las columnas del Nobel
Cuando en 1990 Octavio Paz ganó el Premio Nobel de Literatura, las malas lenguas aseguraban que Emilio “El Tigre” Azcárraga había financiado la candidatura e incluso había movido varios hilos para que no se le escapara el premio al poeta mexicano. Independientemente de que esto haya sido cierto o no, Octavio Paz es y será uno de los grandes de la literatura universal.

Todo esto lo cuento porque ahora ya me he armado mi propia teoría de la conspiración con el último Premio Nobel de Literatura, el hispano-peruano (en la escuela de periodismo me enseñaron a ser preciso con los datos) Mario Vargas Llosa. Al igual que con Octavio Paz, no niego la calidad literaria de Vargas Llosa, también es un grande de la literatura universal y así hubiera pasado a la historia con o sin Nobel. Sin embargo, las últimas columnas que ha publicado en el diario El País me hacen pensar que el Departamento de Estado, la CIA e incluso la misma Casa Blanca están detrás del premio. Aquí les dejo estos dos ejemplos y que cada quien piense lo que le dé la gana.

Las caras del Tea Party

Lo privado y lo público

Sólo un par de comentarios: en la primera columna, ante sus temores de la intervención de los Estados en asuntos privados, no entiendo por qué omite las tremendas ayudas públicas a los bancos durante la crisis ¿no es eso el peor de los intervencionismos?; en la segunda también lamento otra omisión, la del asedio del gobierno norteamericano a Julian Assange y los bloqueos financieros a Wikileaks.

En fin. Ahí se los dejo.

Anuncio para mexicanos expatriados
Fui a una oficina del Instituto Federal Electoral (sí, ahí en Calzada de las Bombas) y estos fueron los diálogos (¿?) que mantuve:

– Buenas tardes –
– Buenas tardes, joven –
– Vengo a renovar mi credencial –
– ¿Trae el acta de nacimiento? –
– Sí –
– ¿La tarjeta anterior? –
– Sí –
– ¿Comprobante de domicilio? –
– Sí –
– Mmmmm, creo que ya se terminaron las fichas, joven –
– Es que vivo en el extranjero y estaré pocos días, me urge hacer el trámite –
– Pos pásele y pregunte a la señorita –
– Señorita, vivo en el extranjero y …
– Ya no hay fichas –
– Me urge, me voy en veinte días y… –
– Uy no, el trámite tarda más de treinta días –
– Pero en la página web dice que quince –
– …
– ¿Entonces? –
– …
– ¿No podré votar dentro de dos años? –
– …

Ojo, la página web del IFE dedicada a los mexicanos en el extranjero dice que cuando vayas de vacaciones hagas el trámite: claro, como los ilegales en Estados Unidos pueden ir y venir en cualquier momento y todos contamos con el dinero suficiente para viajar a cada rato a México por más de 30 días… En fin, que convoco a quien le interese a solicitar que los consulados trabajen y sirvan de intermediarios para realizar el trámite.

Por cierto, al salir de las oficinas del IFE había un tufo a Luis Carlos Ugalde y a la maestra que pa’ qué les cuento.

Sólo Plutón solo
Hace pocos años se descubrió que Plutón no era un planeta. Fue entonces cuando los nostálgicos nos unimos y nos adherimos al grupo de Facebook A mí también me alcanzaron a enseñar que Plutón era un planeta.

Pues ahora los invito a defender la tilde del adverbio SÓLO, frente a las decisiones facilonas de la Real Academia Española:

Sólo dejaré de acentuar el adverbio SÓLO cuando la RAE me lo sepa explicar

A las patadas
Lo confieso. Fui al Estadio Azteca a ver al América. Fue un desastre, como casi siempre a últimas fechas, pero qué gusto volver a tan tremendo escenario. Cada vez que voy es como si fuera la primera vez. Quedo hipnotizado. Como igual quedo hipnotizado cuando veo jugar al Barça. Es una delicia. Juega, deja jugar, toca y toca. Los entendidos de fútbol, independientemente del color que apoyen, saben que es una delicia.

Hace algunos días charlaba con un amigo, un maestro, quizá la persona más inteligente que he conocido en la vida, y a al cual le gusta también el deporte de las patadas. Cuando nos vemos, me doy cuenta que gusta de hablarme del tema. La última vez que nos vimos me habló del Barça, que por casualidad vio el último Clásico contra el Madrid, que le había gustado uno y cada uno de los goles del equipo blaugrana, todos llenos fútbol. Sin embargo, me aseguró que el equipo manejaba un discurso neurótico que acabará por desgastarlos: tanta perfección se paga.

La verdad espero que se equivoque. Lo peor es que no suele errar. Sin embargo, al volver a Barcelona, y ver al equipo y escuchar a Guardiola, y luego perder mi tiempo viendo al Madrid, rácano y desesperado, y después escuchar al todopoderoso Mourinho quejándose de todo, especialmente de los árbitros… me quedo más tranquilo.

¡Feliz 2011!

carlos lópez-aguirre
Ciudad de México – Barcelona, Diciembre 2010 – Enero 2011

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