Microrrelatos XXIX

El padrino sorprendido

Estaba tan pálido que creí que ya estaba muerto. Me alegré. La mano ensangrentada en el pecho delataba que mi asistente había realizado un magnífico trabajo. Un minuto antes había escuchado el disparo y ahora mi peor enemigo se acercaba, moribundo, con la respiración agitada y arrastrando los pies. Sentí la fetidez de su aliento y supe que no duraría ni un minuto más, cuando una sonrisa burlona apareció en su rostro, la mano ensangrentada se despegó de su pecho sin heridas, sacó su pistola y comprendí que mi asistente y yo continuaríamos nuestras fechorías en otra parte.

carlos lópez-aguirre
Barcelona, 30 de septiembre de 2010

——

Un final feliz

Y fue entonces cuando Judas le dio un beso en la mejilla y le susurró muy despacio al oído para que ni Dios se enterara. El nazareno separó el rostro con los ojos muy abiertos y en su boca apareció la más grande de las sonrisas. Entonces fue él quien besó a su discípulo, se disculpó con Pedro y salió corriendo del huerto sin ataduras, sin clavos ni espinas clavadas. Sólo con las ansias de llegar a casa de Magdalena y contarle que el mejor de sus amigos se había sacrificado para salvarle la vida esa noche.

carlos lópez-aguirre
Barcelona, 14 de junio de 2011

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