Microrrelatos XXXIII

El consolador

Su vida estaba plena de mujeres tristes. Casadas aburridas, divorciadas despechadas y alguna que otra viuda desconsolada. Ninguna soltera: su felicidad era poco atractiva.

Él nunca las buscaba, las encontraba por casualidad. Había desarrollado tal sensibilidad que cada día disfrutaba de alguna de ellas. Las descubría en cualquier sitio, a cualquier hora, con la mirada perdida y el gesto tímido. El mismo que tenían cuando se desnudaban ante él, como si tantos años de desamor se les notara en el cuerpo. Y él lo disfrutaba tanto.

Jamás preguntaba sus nombres, ni quería saberlo. Tan sólo deseaba saborear el placer de su tristeza mientras hacían el amor, calladas y sumisas, hasta que un sordo gemido y muchas lágrimas anunciaban el final. La mayoría se iban de su departamento tal y como habían llegado, en silencio. Algunas encendían un cigarro y se marchaban ante la falta de interés de aquel sujeto. Y unas pocas, sonreían. Entonces él las sacaba de su cama, les gritaba y las insultaba hasta dejarlas destrozadas, entonces las volvía a abrazar y amar con tanta pasión como al principio. Después se marchaban, como todas las demás. Entonces él se levantaba, se lavaba la cara y se miraba feliz al espejo, satisfecho del deber cumplido.

carlos lópez-aguirre
Barcelona, 13 de octubre de 2011

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2 comentarios sobre “Microrrelatos XXXIII

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