Microrrelato(s) XXXVI

El grito

¡Mamiiii! ¡Mamiiii! Escuché aquel grito desde el primer día que me mudé a aquel viejo edificio. Era una voz aguda, chillona, desesperada, de una niña muy pequeña. No decía nada más. Lo hacía durante varios minutos. Luego, el silencio.

No le di importancia. La tarde siguiente, casi al oscurecer, la niña comenzó a gritar nuevamente. Imaginé que se trataría de un juego o que a la madre siempre se le olvidaba darle la merienda a su hora. Me asomé a la ventana que daba a un patio interior para ubicar el lugar exacto del que provenía aquella súplica. Imposible. El grito era tan nítido como difícil de localizar. Abrí la puerta del departamento y vi a un vecino bajando por las escaleras, le llamé, pero siguió su camino. Imaginé que seguía molesto por mi presencia. En un principio, la junta de vecinos se había opuesto a que me mudara. Sólo el viejo portero había abogado por mí. “Es una buena chica, seguro que no dará problemas”, les dijo en mi presencia. Aceptaron.

Con los días me acostumbré a aquel chillido. Sabía que poco después de llegar del trabajo comenzaría la odiosa letanía. A veces también gritaba los fines de semana por las mañanas. Fue un domingo, al salir de casa para verme con unas amigas, cuando la niña comenzó con su insoportable alarido. ¡Mamiiii! ¡Mamiiii! Agucé el oído, pero no lograba encontrar el lugar exacto. Primero creí que venía de los pisos de arriba, mientras subía las escaleras, comprendí que iba en el sentido equivocado.

A la mañana siguiente, al bajar en el ascensor me encontré con una de mis vecinas. Hice un comentario al respecto de los gritos, pero ella se limitó a sonreírme con timidez, luego desvió la mirada a un punto indeterminado. No supe qué pensar.

Con el paso del tiempo fui olvidando el grito. El oído es tan inteligente, que con el paso del tiempo elimina aquellos sonidos que se vuelven cotidianos, que ya no nos dicen nada, que no nos interesan. A veces creía que habían pasado días sin escucharla, y entonces volvía a oírla a lo lejos. ¡Mamiiii! ¡Mamiiii!

Hasta que una noche me desperté con aquel alarido casi gritándome al oído. Ahora no tenía duda, estaba convencida de que si abría la puerta del departamento estaría ahí ella. Me levanté de un salto y corrí hacia la entrada, abrí la puerta de golpe. ¡Mamiiii! ¡Mamiiii! No había nadie, ahora el grito corría por las escaleras. Lo seguí en la oscuridad. ¡Mamiiii! ¡Mamiiii! A cada grito se me saltaba una lágrima, no entendía cómo ninguna puerta se abría, cómo ninguna luz se encendía. ¡Mamiiii! ¡Mamiiii! Lo escuchaba cada vez más cerca, hasta que sabía que al siguiente paso tropezaría con ella, estiré los brazos y sentí sus huesos.

Desperté en mi cama. Frente a mí, el anciano portero del edificio me sonreía con ternura. “Tiene que irse, señora”, me dijo sin perder la dulzura de su rostro. Antes de que dijera cualquier cosa añadió: “Todos quieren que se vaya, me incluyo, para todos… es alguien especial y ayer, en fin, no se preocupe, conozco un lugar donde usted estará mejor y todos contentos”.

Durante la semana anterior a mi mudanza reinó el silencio. Incluso en mí misma. Dejé de hablar. Los vecinos se encargaron de todo. Ya con el departamento completamente vacío, el portero vino por mí para encaminarme al taxi. Mientras bajábamos por las escaleras me llevó de su brazo. Se despidió de mí con un beso en la mano y me abrió la puerta. Lloviznaba. Sentí el aire frío sobre mi cara y escuché cómo la puerta se cerraba a mis espaldas. Antes de subir al taxi miré hacia la que era mi ventana y una sombra se apartó ante mi mirada. Apenas el coche se puso en marcha, mis huesos se estremecieron. ¡Mamiiii! ¡Mamiiii!

carlos lópez-aguirre
Barcelona, 12 de enero de 2012

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3 comentarios sobre “Microrrelato(s) XXXVI

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