Música, libros y redes sociales

Cambio de canal en el televisor y veo a una pareja abrazada frente a una bandera de barras y estrellas: pienso que va a empezar una nueva versión de American Pie. Cambia la escena, se escucha una música cadenciosa, una cámara en movimiento muestra el techo de una catedral con coloridas pinturas. Ahora baja lentamente hasta que aparece la escena más kitch que he visto en un vídeo musical en los últimos años. Una chica de rubia belleza, vestida completamente de blanco y zapatos de tacón y curioso tocado de flores, canta sentada en una especie de trono en medio de dos tigres. Me agrada su voz, la melodía me atrapa. Veo y escucho con atención. El vídeo es un caos de escenas de una pareja y de la chica de la catedral. La melodía se queda en mi cabeza. Al final aparece el crédito: Born to Die, canta Lana del Rey.

Es la primera vez que leo ese nombre, pero no sería la última vez ese mismo día. Al hojear el periódico, me encuentro en El País un artículo que habla de ella: es el fenómeno musical del momento; como muchos cantantes de la actualidad, surge a través de internet, después de montar un vídeo en Youtube, según la propia versión de la cantante. Tiene millones de visitas en poco tiempo y en apenas unos meses lanza su primer disco. El vídeo que acabo de ver es el primer sencillo. La crítica en The Guardian afirma que “quizá no fuera Billie Holliday, pero tampoco una farsa como Milli Vanilli”. La rapidez de su ascensión causa suspicacias. Después de su presentación en el famoso programa Saturday Night Live, le llueven las críticas a través de las redes sociales: dicen que tiene la voz grave, que desafina, incluso la actriz Julliete Lewis asegura que “Ver a esta cantante en SNL es como ver a una niña de 12 años en su habitación fingiendo que actúa”, aunque poco después se retracta. Las redes sociales dictan sentencia: es un producto pre fabricado con un objetivo más comercial que artístico.

Después de leer el artículo, busco el vídeo, lo vuelvo a ver y a escuchar. No sé si sea sólo un producto, pero a mí me sigue gustando la canción. Entonces me doy cuenta de que quizá si hubiera leído antes el artículo, la canción la hubiera escuchado con cierta reticencia u observando solamente lo kitch del vídeo o pensando simplemente en que es un producto, como si fuera un detergente.

Al mismo tiempo se me viene a la cabeza dos noticias que leí sobre situaciones semejantes en el mundo editorial, de gente que saltó a la fama a través de las redes sociales o el comercio digital, y la forma tan distinta en que el público reaccionó. Es el caso, por un lado, del escritor Juan Gómez-Jurado, quien le sonrió la fama cuando el cantante Alejandro Sanz lo retó a vender su novela a un euro a través de internet. El resultado fue que recibió alrededor de 4 mil 300 euros en tan sólo un día. Sin embargo, por más que he buscado en la red alguna crítica sobre la calidad de su novela o comentario alguno al respecto en las redes sociales, no lo he encontrado. Es reconocido por su negativa a la Ley Sinde, no por la calidad de su obra.

El otro caso es el de John Locke, un escritor de novelas de acción que apenas tarda unos días en escribirlas y luego colgarlas en Amazon. En algunos casos se ha pensado que es un grupo de escritores que publican con un solo nombre, pero nadie ha podido comprobarlo. Quien se hace llamar John Locke apenas si concede entrevistas y poco se le ha visto en público. No obstante, esto no le ha impedido vender más de un millón de eBooks, gracias especialmente a las recomendaciones en Amazon y las redes sociales. Es decir, ha conseguido algo de lo que muy pocos autores pueden presumir y sin el apoyo de una editorial. Las noticias y artículos que he encontrado sobre él hablan más de este logro que de su obra en sí misma. Próximamente, aprovechando el tirón de sus ventas, una editorial publicará una de sus obras en papel. Es difícil saber si logrará los mismos resultados.

Todo esto parece indicar que, en la era digital, el gran público, ese gran habitante de las redes sociales, es más implacable en el ámbito de la cultura popular, especialmente en lo que se refiere a la música, a diferencia del mundo editorial, donde se sigue debatiendo sobre el futuro del mismo. De algún modo, la industria musical vive y respira en internet, pero sin saber hacia dónde va realmente. Mientras que los libros todavía vuelan en papel, lo que parece molestar a muchos, lo que ha dado como resultado que en esta batalla, el reconocimiento por parte de los defensores de lo digital se lo lleve quien vende más en Amazon o desde su página web y no quien mejor escribe.

Pero quedan muchas preguntas en el aire: ¿qué criterios serán los que se tomen en cuenta en el futuro para saber qué producto cultural es de calidad o simplemente es “auténtico”? ¿El número de clicks en un vídeo? ¿Las ventas online? ¿Lo que digan los bloggers? ¿Lo que sigan diciendo los medios tradicionales? ¿Lo que diga el gran público en las redes sociales? ¿Lo que cada uno considere que es de calidad o simplemente nos guste? El debate está servido.

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