Microrrelatos XLVII

Sin testigos

Se acercó lentamente, curioso y asustado, le tocó la cabeza y sintió la humedad entre sus dedos. Se miró la mano con repugnancia y se la limpió en el pantalón. Se inclinó sobre ella para ver si emitía algún sonido, algún ruido que le diera alguna certeza. Respiraba. Se levantó de un salto y caminó de espaldas sin quitarle la vista de encima. Subió a su coche y lo puso en marcha bañado en lágrimas. Frenó, cambió la marcha, giró la cabeza y no se detuvo hasta sentir otra vez el cuerpo bajo las llantas.

carlos lópez-aguirre
Barcelona, 13 de diciembre de 2012

——

Fuera de servicio

Le rogué que no se fuera, que sin ella, aquello dejaría de ser un hogar. Pero no tuvo piedad, ni tan siquiera me dedicó una mirada compasiva ni muchos menos unas palabras de aliento. Era cierto que la había descuidado, que hacía varios meses que no charlábamos. Había tomado una decisión y era irrevocable. En la puerta la tomé del brazo y la miré a los ojos, creo que vio en mí el arrepentimiento, pero ya no había vuelta atrás. Al cerrar la puerta sentí todo el peso de la casa. Ahora venía lo más duro, llamar a mi esposa y decirle que ahora nos tocaba a nosotros limpiar la casa.

carlos lópez-aguirre
Barcelona, 13 de diciembre de 2012

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