El lenguaje literario de la ciencia

K13
© CCCB. Miquel Taverna, 2013.

Gabriel García Márquez dijo alguna vez, parafraseando a “un poeta de nuestro tiempo”, que ya no debíamos amar a las ciencias y a las artes como dos hermanas enemigas. Por su parte el escritor y editor norteamericano John Brockman impulsó la unificación de la cultura literaria y la científica con la idea de la “Tercera Cultura”. Mientras que el científico y escritor Charles Percy Snow, a mediados del siglo pasado, ya criticaba la división que existía en el mundo occidental entre la cultura literaria y la científica. «Son dos grupos polarmente antitéticos: los intelectuales literarios en un polo, y en el otro los científicos. Entre ambos polos, un abismo de incomprensión mutua», afirmaba. Y hoy, incluso en la era digital, poco han cambiado las cosas.

Con el espíritu de estos tres escritores, Kosmópolis 13, la fiesta de la literatura amplificada, realizada en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, decidió intentar llenar ese abismo a través de una serie de conferencias y mesas redondas con el afán de acercar el mundo literario con el científico. El resultado, como todo experimento, fue la grata sorpresa de que la ciencia puede ser una gran impulsora de la creatividad literaria o incluso una metáfora de la misma. Al mismo tiempo, a lo largo de la historia, la imaginación de los escritores se ha adelantado al progreso científico. Julio Verne o Isaac Asimov son los ejemplos más evidentes, pues en muchas ocasiones crearon, sin saberlo, adelantos tecnológicos como el teléfono celular o incluso el internet.

En su conferencia “La ciencia ¿realidad o ficción?”, la física, escritora y divulgadora científica Sònia Fernández-Vidal recordó también cómo las series de televisión, principalmente en la década de los sesenta y setenta, como Star Trek, utilizaban aparatos que hoy en día son de uso común. Por ejemplo, el Capitán Spock ya utilizaba un iPad mucho antes de que Steve Jobs lo concibiera.

Pero lo que dejó con la boca abierta a los asistentes fue su explicación de los fenómenos de la física cuántica, la cual afirma que al tirar un dado y cubrirlo por un cubilete, debajo de él están las seis caras hacia arriba, pero cuando la mirada del hombre se posa en él, es cuando nos muestra sólo una. Puede parecer que es algo imposible, pero esta ciencia ha demostrado que es precisamente así como actúan los electrones: se transforman en materia cuando el hombre posa en ellos su mirada. En literatura, en cambio, sucede lo mismo, pero al revés. Una novela, un cuento, un poema cuando ocupa el papel es una obra completa, cerrada. Sin embargo, la lectura la transforma, ya no es una sola, se multiplica como ondas, se interfiere con los prejuicios, se divide en miles de ideas.

Y en el origen de todo están las palabras. En la conferencia “El genoma, ¿un lenguaje literario?”, el escritor catalán Pau Vidal las observa como los genes de las obras, convirtiendo al diccionario en el genoma de donde se eligen las más adecuadas para crear y hacer latir a los personajes y narrar tiempos y ocupar espacios. “Imagino al diccionario como una cadena genética con la que creamos un organismo vivo”, afirmó.

En un tono más científico, el físico y biólogo Ricard Solé explicó el genoma como un libro abierto, el cual está cargado de información que cuenta con una “gramática funcional” que no está hecha para ser leída, sino para crear un personaje real. “El lenguaje humano se forma poniendo una palabra al lado de la otra, en el genoma se forman las proteínas de la misma manera”, de esta forma pueden culminar su obra. Su colega Roderic Guigó lo secundó con una sentencia fulminante: “El ADN es el lenguaje de la vida”.

Al final, tanto escritores como científicos tienen varias cosas en común, son capaces de re significar la realidad y transformar por completo el mundo. Como lo hizo el biólogo Craig Venter, el científico que consiguió crear un genoma totalmente artificial en un laboratorio. En una entrevista, el periodista le preguntó con descaro si estaba jugando a ser Dios, a lo que respondió con sorna: “¿y quién dijo que estoy jugando?”.

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