Cuando escribir es un orgasmo

sadeHa sido un mes extraño. Viaje, taller, reflexión, transformaciones, enfermedades, desvelos. Y aquí estoy, con unas ganas tremendas por escribir en el último minuto mi artículo para Suburbano. (Espero llegar a tiempo).

Por supuesto, como cada mes, me preguntaba de qué chingados escribir, ahora que me he prometido hacerlo de cosas curiosas o raras de la literatura (que ya lo es en sí misma, lo sé), pero me fascinan esas anécdotas o hechos que hacen que la escritura, la poesía, la narrativa, los libros, sean más que un género, una idea, un concepto o simplemente un objeto. Cuando se convierten en misterio.

Y lo que encontré en esta ocasión fue un artículo publicado en el diario El País, el pasado 4 de abril, con el título El manuscrito más salvaje de Sade regresa a Francia. Se los dejo para que lo lean y disfruten de esta increíble y rocambolesca historia del minúsculo rollo de papel donde escribió Donatien Alphonse François de Sade, el famoso Marqués de Sade, su obra más “sucia”, por decirlo de algún modo: Los 120 días de Sodoma. Definido por el periodista Miguel Mora como “una especie de catálogo interminable de perversiones sexuales y actos criminales en cascada y a granel”.

Como se lee en el artículo, el Marqués realizó el manuscrito a escondidas en 1785 cuando estaba preso en La Bastilla. Y todo indicaba que se había perdido después de la Revolución cuatro años más tarde. En fin, que no me extiendo más en esta historia que ustedes pueden leer con calma, detenimiento y detalle en el diario.

Lo que me intriga del hecho, es qué puede llevar a un hombre a convertir la escritura en toda su existencia. Existen cientos de historias de escritores que han dado la vida entera por la literatura. Pero el caso de Sade es excepcional. Al Marqués le prohibieron escribir. Llegaron a quitarle cualquier tipo de utensilio con el cual pudiera formar letras, palabras, frases. De repente, en el llamado Siglo de las Luces, la literatura se convirtió en manos de aquel hombre en una bomba qué detener. Quizá por la verdad que atormentaba al resto de buenas conciencias de la época (y de todas las épocas).

Pero todo impedimento sólo fue motivación para el ingenioso Marqués, que siempre se las arregló para poder escribir, escribir y escribir. Quizá sería la única manera para recrear sus más oscuros pensamientos, pero al final, era escritura, literatura lo que hacía cada día de su vida: libre o preso, la escritura era su vida.

Dicen que lloraba amargamente poco antes de morir por aquel texto que creía perdido para siempre. Tal vez muchos puedan pensar que lo hacía por el contenido del mismo. Yo creo que lo hacía por la forma en que tuvo que escribirlo. Era la obra cumbre de un escritor dispuesto a serlo en cualquier circunstancia.

Para Sade, escribir era un orgasmo.

—–

Artículo publicado en la Revista Suburbano en marzo de 2014.

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