Las editoriales y sus clientes

Piensen en la comida que menos les gusta. En mi caso es el hígado de res. Desde mi más tierna infancia lo detesto. Con el paso de los años he tenido que enfrentarme a su aroma y sabor, y siempre con el mismo resultado: arcadas.

Al día de hoy no hay nada que cambie mi gusto hacia él. Incluso en alguna ocasión llegué a imaginar una gran campaña publicitaria y de marketing para incentivar el consumo de hígado de res. Estoy convencido de que no lograría su objetivo conmigo. No pienso consumirlo porque simplemente no me gusta y punto.

Esta idea vuelve a mi cabeza mientras recorro Liber 16, la Feria Internacional del Libro, que se llevó a cabo en Barcelona del 12 al 14 de octubre. Observo los estands, escucho a los conferenciantes. En todo se percibe la preocupación por la incertidumbre del futuro: la economía en el espacio iberoamericano es cada vez más difícil, mientras que el mundo digital agita una industria ya de por sí frágil desde hace varios años. Sin embargo, se sigue publicando día tras día en ambos formatos.

Aunque existe compañerismo y una cierta camaradería de gremio, saben que son muchos y los lectores, pocos. Entonces vuelvo a mi anécdota del hígado. ¿Cómo quieren vender libros a un mercado que no lee? Por más promociones, campañas de marketing, ya sean presenciales o a través de redes sociales, si tocas a la puerta de alguien que no tiene gusto o por lo menos el hábito de la lectura, es imposible que ese no-lector te escuche o te tome en serio.

Para leer el artículo completo entra a: Revista Suburbano.

Artículo publicado en Suburbano en octubre de 2016.

De sueños olvidados y promesas incumplidas

El tiempo te devuelve los sueños. Porque permanecen pegados a tu piel. Están ahí, incluso cuando has dejado de mencionarlos, incluso cuando has dejado de pensar en ellos.

De pequeño descubrí una imagen de Karl Marx en un libro de historia de mi hermano. En la parte de abajo recuerdo que decía que aquel hombre había imaginado una sociedad sin clases sociales: donde todos fuéramos iguales. Con apenas diez años, pensé que eso era maravilloso.

Aquella idea me llevó de la mano hasta descubrir la Revolución Rusa. De un día para otro, la Unión Soviética se convirtió en una pasión de la cual buscaba información día a día. Fue así como conocí las hazañas rusas contra Napoleón o su defensa y contraataque en la Segunda Guerra Mundial, hasta el día de la toma de Berlín.

Sí, soñaba con ir a Rusia, conocer Moscú, la Plaza Roja.

Luego vino la Perestroika, la caída del Muro. Observar a aquellas personas felices de liberarse de algo que consideraba extraordinario, me causaba una enorme confusión. Desde la televisión y los periódicos decían que el mundo era por fin libre e incluso de que la historia se había terminado. Ahora sólo tocaba vivir.

Y eso hice, con catorce años, entre las hormonas, la música y los libros, quién tenía tiempo para pensar en el fin de la Cortina de Acero. Me olvidé. Aunque mantuve mi interés de ir a Moscú, ya no era una prioridad.

Crecí (eso creo). Estudié periodismo, hice prácticas en un canal de televisión y, una vez terminadas, me prometí no volver a hacerlo. Terminé mi carrera, me hice periodista, crucé el charco, dejé Madrid, habité Barcelona. Trabajé. Dejé mi trabajo y me prometí entonces no volver a trabajar en una empresa grande. Comencé varios proyectos personales, me acerqué al mundo editorial…

Y un día llega el mensaje: te dicen que si quieres trabajar en televisión en una gran empresa… en Moscú. Dudas, dices que sí, haces las pruebas, esperas, desesperas, escribes, te piden paciencia, no sabes si quieres hacerlo, pero quieres hacerlo.

Llega la respuesta.

Y como con la caída del Muro de Berlín, te sientes confundido, extraño. Das los pasos que tienes que dar y llegas al día de hoy. Estás escribiendo en la habitación de un piso del Distrito de Novogireyevo de Moscú. Ya has visto un poco de la ciudad, hoy pretendes conocer la plaza de tus sueños infantiles y sigues sin creer que esto esté pasando, que te esté pasando a ti, sin buscarlo, sin desearlo. Pero lo disfrutas. Y sólo te queda agradecer a la sabiduría del tiempo por esta nueva aventura, a pesar de las promesas rotas, hoy cumples un sueño largamente olvidado.

Moscú, 6 de mayo de 2017 – Москва, 6 мая 2017

Libros not dead

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Toda acción provoca una reacción. Hace poco más de un lustro los profetas culturales auguraron el final de los libros de papel, la desaparición de las librerías y la transformación de las bibliotecas públicas. El universo lector estaría ligado a las pantallas, tanto para adquirir como para consumir literatura.

Pasada la fiebre, aquellas promesas se han diluido. Cada día se siguen imprimiendo libros, nacen nuevas editoriales de papel, las librerías siguen en su sitio y los lectores continúan recorriéndolas. Tal vez las bibliotecas sean las que han sufrido una mayor transformación, ampliando sus servicios y la forma de gestionarlos. Sin embargo, los libros siguen siendo su principal oferta y el mayor reclamo de los usuarios.

Poco se ha escrito sobre los motivos de esta resistencia, y quizá se deba en gran medida a que casi a diario se publican historias sobre la misma. Es un fenómeno en auge que no ha dado tiempo de estudiar. Pero sin lugar a dudas el mundo virtual y las redes sociales han tenido un papel (nunca mejor dicho) fundamental para que los libros sigan en pie e incluso hayan recuperado un prestigio que parecía perdido a finales de la década anterior.

Para leer el artículo completo entra a: Revista Suburbano.

Artículo publicado en Suburbano en agosto de 2016.