Autor: carlos lópez-aguirre

Libros buenos, libros malos

libros

Un día, mientras daba una clase sobre promoción de lectura, una alumna me preguntó cómo diferenciar los libros que consideramos de alta literatura de los que no lo son. En aquel momento no supe qué contestar, aunque creo haber encontrado una respuesta.

Cabe señalar que, como promotor de lectura, me he vuelto mucho más laxo que en otros tiempos. En el año 2003, cuando llegué a España, recuerdo que el libro de moda era El código Da Vinci de Dan Brown. Todos hablaban de él. Leí la primera página y comprendí que me enfrentaba a una novela de misterio con un tono muy parecido al Documento R de Irving Wallace, la cual leí y releí en la adolescencia. Sin embargo, la obra de Brown la cerré sin miramientos, no me interesó. No me ofrecía nada de lo que buscaba, como tampoco en los años siguientes las trilogías Millenium de Stieg Larsson o la muy comentada Cincuenta sombras de Grey de E. L. James.

Fue entonces cuando comprendí que la iniciación lectora es, sobre todo, heterogénea. Cada uno comienza de forma distinta, y he conocido a muchos buenos lectores que emprendieron su viaje lector a través de novelas de misterio, policíacas, negras o de terror y que con el paso del tiempo fueron refinando sus gustos hacia territorios más íntimos o intelectuales, integrando a su colección obras de Kafka, García Márquez o Coetzee.

Esto significa que estas primeras lecturas no son malas. En realidad ningún libro lo es. Porque una obra en sí misma siempre tiene un valor. Lo que se debe trabajar es el criterio del lector y, sobre todo, preguntarnos ¿qué leemos y para qué leemos? Quizá algunos dirán que para entretenerse. Sin embargo, a lo largo de los años, la respuesta que más he escuchado (y que yo mismo utilicé durante un tiempo) fue: para encontrar respuestas.

Y es aquí donde creo que hallé la diferencia entre unos libros y otros. Porque con el tiempo he comprendido que la lectura es un acto de interrogación continua. En lo personal, un gran libro es aquel que me provoca infinidad de preguntas, que me cuestiona mi ser, mi existencia, mi entorno. Libros que ofrecen diversas panorámicas, visiones cercanas o alejadas de nuestro pensamiento, pero que nos permiten indagar y, por lo tanto, descubrir cosas nuevas.

Un libro que se remite a contar una historia sin más intención que eso, me entretiene, sí. Y quizá en algún momento logre una cierta profundidad y me cuestione. Eso no está mal, pero no me es suficiente. Y si hablamos de libros de autores como Coelho o Bucay, que se erigen como autores dedicados a dar respuestas, pues simplemente no me acerco.

¿Qué hace que un lector dé ese salto desde las respuestas hacia las preguntas? no lo sé. Ni mucho menos considero que exista una fórmula para que alguien lo haga. Pues la lectura es, ante todo, un acto de libertad. Y cada quién decide lo que lee y para qué lee. Pues como dijo Borges, “el verbo leer no soporta el modo imperativo”.

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Artículo publicado en la Revista Suburbano en mayo de 2015

La ciudad de los escritores sintecho

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Blossom House

La falta de dinero despierta la creatividad.

Que se lo digan a la ciudad de Detroit, otrora imagen del poderío industrial de los Estados Unidos, se declaró en quiebra al inicio de la crisis financiera. Sus habitantes, en su mayoría trabajadores y obreros de la industria automovilística, comenzaron a abandonarla hasta convertirla casi en una ciudad fantasma.

Algunos se quedaron, y otros poco a poco comenzaron a llegar. En su mayoría artistas atraídos por el olor a ruinas y a casas abandonadas. Lugares que han motivado la creación de organizaciones como Write-a-House. Una organización sin ánimo de lucro desde la que aseguran que cuentan con una misión muy sencilla: darle una casa a un escritor.

Write-a-House nació con la idea de recuperar las innumerables casas abandonadas de Detroit, reformarlas y realizar la convocatoria a los artistas. Pero no nos equivoquemos, no se trata de una beca o una residencia, estamos hablando de que el escritor será el dueño de la casa.

Para participar se debe enviar un currículum con sus estudios, trabajos publicados y becas o premios recibidos. Por supuesto, debes ser residente en Estados Unidos o contar con el permiso necesario. Al final, un jurado determinado previamente elegirá al ganador. El afortunado tendrá la casa totalmente gratuita por dos años, durante los cuales tienes que echar la mano en la finalización de la reforma, participar de forma activa en los eventos culturales de la ciudad, el gran aporte de la organización en busca de salvar la ciudad y, por supuesto, formar parte de la Write-a-House.

Hasta el momento sólo se ha concedido una casa, la Peach House, a la poeta y artista Casey Rocheteau, después de competir en una convocatoria en la que hubo 350 solicitudes. Algo que, de alguna manera, decepcionó a los organizadores, pues se esperaba una mayor participación. Algo que seguro ocurrirá en la segunda convocatoria.

Por supuesto, al ser una organización sin ánimo de lucro, se ha lanzado una campaña de crowdfunding para obtener los recursos necesarios para la remodelación de la Blossom House, la nueva casa del proyecto. Sin embargo, en este aspecto las cosas no van muy bien. Hace más de cuarenta días que el proceso está abierto y apenas se ha conseguido poco menos del 10 por ciento de la meta: 35 mil dólares.

Sin embargo, es difícil que el proyecto decaiga ante la inagotable energía de los organizadores y voluntarios de Write-a-House, quienes saben que una ciudad tan sólo puede levantarse desde los cimientos: su cultura.

Seguiremos informando…

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Artículo publicado en la Revista Suburbano en febrero de 2015.

Cuando escribir es un orgasmo

sadeHa sido un mes extraño. Viaje, taller, reflexión, transformaciones, enfermedades, desvelos. Y aquí estoy, con unas ganas tremendas por escribir en el último minuto mi artículo para Suburbano. (Espero llegar a tiempo).

Por supuesto, como cada mes, me preguntaba de qué chingados escribir, ahora que me he prometido hacerlo de cosas curiosas o raras de la literatura (que ya lo es en sí misma, lo sé), pero me fascinan esas anécdotas o hechos que hacen que la escritura, la poesía, la narrativa, los libros, sean más que un género, una idea, un concepto o simplemente un objeto. Cuando se convierten en misterio.

Y lo que encontré en esta ocasión fue un artículo publicado en el diario El País, el pasado 4 de abril, con el título El manuscrito más salvaje de Sade regresa a Francia. Se los dejo para que lo lean y disfruten de esta increíble y rocambolesca historia del minúsculo rollo de papel donde escribió Donatien Alphonse François de Sade, el famoso Marqués de Sade, su obra más “sucia”, por decirlo de algún modo: Los 120 días de Sodoma. Definido por el periodista Miguel Mora como “una especie de catálogo interminable de perversiones sexuales y actos criminales en cascada y a granel”.

Como se lee en el artículo, el Marqués realizó el manuscrito a escondidas en 1785 cuando estaba preso en La Bastilla. Y todo indicaba que se había perdido después de la Revolución cuatro años más tarde. En fin, que no me extiendo más en esta historia que ustedes pueden leer con calma, detenimiento y detalle en el diario.

Lo que me intriga del hecho, es qué puede llevar a un hombre a convertir la escritura en toda su existencia. Existen cientos de historias de escritores que han dado la vida entera por la literatura. Pero el caso de Sade es excepcional. Al Marqués le prohibieron escribir. Llegaron a quitarle cualquier tipo de utensilio con el cual pudiera formar letras, palabras, frases. De repente, en el llamado Siglo de las Luces, la literatura se convirtió en manos de aquel hombre en una bomba qué detener. Quizá por la verdad que atormentaba al resto de buenas conciencias de la época (y de todas las épocas).

Pero todo impedimento sólo fue motivación para el ingenioso Marqués, que siempre se las arregló para poder escribir, escribir y escribir. Quizá sería la única manera para recrear sus más oscuros pensamientos, pero al final, era escritura, literatura lo que hacía cada día de su vida: libre o preso, la escritura era su vida.

Dicen que lloraba amargamente poco antes de morir por aquel texto que creía perdido para siempre. Tal vez muchos puedan pensar que lo hacía por el contenido del mismo. Yo creo que lo hacía por la forma en que tuvo que escribirlo. Era la obra cumbre de un escritor dispuesto a serlo en cualquier circunstancia.

Para Sade, escribir era un orgasmo.

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Artículo publicado en la Revista Suburbano en marzo de 2014.