Quemar después de leer 03

Leer es un arte que se cultiva con el paso del tiempo. Pero leer no significa sólo descifrar los signos que se presentan ante nuestros ojos y comprender el mensaje. La dificultad de la lectura radica en saber interpretarlo e incorporarlo a nuestras ideas para crear un nuevo pensamiento.

Por supuesto, leer no se limita al mundo de los libros, ni mucho menos al atractivo y muy de moda mundo virtual. La lectura está presente en todos los ámbitos de nuestra vida. Porque a todo aquello que vemos, oímos y sentimos le damos una interpretación propia. Es decir, la lectura es una actividad permanente desde el primer momento de nuestra vida.

En la niñez, esta lectura vital se limita al tiempo presente, pero el paso del tiempo nos obliga a realizar continuas relecturas del pasado con el fin de que la historia que construimos en el ahora tenga la línea narrativa que deseamos para el futuro. Sin embargo, esto no suele ser así. La obra que construimos no sólo depende de nuestra voluntad. Diversos factores la modifican y la convierten en algo diferente a lo que habíamos trazado.

De ahí nace esa continua relectura en busca de una interpretación de nuestros actos, de nuestras decisiones, movimientos y discursos. Buscamos en ella nuestras razones y sinrazones que nos llevaron a tomar uno u otro camino. Valoramos, juzgamos, criticamos y, en varias ocasiones, es difícil comprender el rumbo que hemos tomado.

Pero la historia ya está escrita.

Sólo nos queda leer y releer, interpretar la narración que hemos construido para entender la ruta trazada. Y quizá, cuando la obra de nuestra vida llegue a su fin, lograremos descubrir, en lo más recóndito de nuestros ser, las respuestas a la infinidad de preguntas que nos hemos realizado a lo largo del viaje. Pero para entonces quizá las respuestas no tengan mayor importancia. Ya sólo nos quedará hacer la crítica a la obra ya terminada. Otros, aquellos que han formado parte de esta historia, quizá también lo hagan. Pero ya se sabe, cuando nos convertimos en polvo de ceniza, todo juicio termina. Así que sólo quedamos nosotros para hacer la lectura final y cerrar, para siempre, el libro que un día comenzamos a escribir.

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Quemar después de leer 02

Somos esclavos del tiempo. Vivimos pendientes de él y de su avance continuo e irremediable. Cada tic tac del reloj nos perturba, nos indica que la vida no es otra cosa que una cuenta regresiva al lugar del que venimos y del que no sabemos nada. La certeza de un final, el temor al fin de nuestro tiempo.

Todos los grandes inventos, los industriales y los tecnológicos, tienen como principal misión acortar el tiempo. Como si tuviéramos la capacidad de ralentizar los relojes y ganar tiempo. ¿Tiempo para qué? ¿Qué hacer con ese tiempo que supuestamente nos sobra?

Hoy la tecnología y las redes sociales son el mejor ejemplo de la cultura del tiempo. De esa ansia por estar en todo, en todas partes en fracciones de segundo. Hemos conseguido el don de la ubicuidad y se ha convertido en un vicio insaciable que fuera del mundo virtual es inaccesible.

Por eso nos hemos vuelto desesperados. Aburrirse se ha convertido en una pérdida de tiempo, cuando antes era el germen de la creatividad, facultad que en estos tiempos parece reducida también al mundo virtual, mientras las artes y las artesanías se convierten en objetos de culto, casi inaccesibles. Porque todo aquello que requiere tiempo, se ha vuelto, ante todo, costoso.

Time is money, han pregonado los estadounidenses durante años. Y nos hemos creído el cuento. El tiempo se mide por el valor que le damos. Una siesta puede ser reparadora, pero al mismo tiempo generadora de culpa. El tiempo exige hacer algo, de preferencia productivo. ¿Pero qué significa eso? ¿Por qué debo producir algo a cada minuto?

Quizá no haya algo más productivo que dejar pasar el tiempo. Respirar profundo, mirar horizontes, conocer lugares nuevos, mirar a la gente, mirar dentro de nosotros, cerrar los ojos por un momento, respirar, hablarnos, conocernos a nosotros mismos. Porque tal vez estamos tan al pendiente de aprovechar el tiempo y ver qué hacen con él los demás, que nos hemos olvidado de quiénes somos.

Quemar después de leer 01

Cuando ya no tienes nada que perder, sólo queda la libertad.

Hace poco, una mañana al despertar no sentí el terror que me provoca el tic tac continuo del reloj. Ya no había entre mis huesos ese temor primario que nació otra mañana cualquiera cuando comprendí, a una edad demasiado temprana, mi condición de ser finito. El miedo a la muerte, en mi caso, se volvió algo cotidiano.

A veces, en la adolescencia, intentaba imaginar qué era estar muerto. Colocaba las manos entrecruzadas sobre el pecho, estiraba las piernas, cerraba los ojos y dejaba de respirar. El resultado siempre fue el mismo. La sensación de terror de imaginar así la eternidad.

Entonces pasan los años: las experiencias, los fracasos, los triunfos, el dolor, la capacidad de mitigarlo, hasta que llegas a un límite, al borde de un vacío. Un poco más allá, entre la bruma que siempre acompaña al futuro, se vislumbra apenas el otro borde. Sólo queda saltar, pero para hacerlo debes estar convencido de que existe la posibilidad de caer. Comprender que cada día nos arriesgamos a no ver el ocaso.

Y es curioso, es la Vida la que te guía hasta este punto. La que te indica que no sientas temor a que te abandone, porque sólo así podrás disfrutar de ella a plenitud, para tomar los riesgos necesarios y darle sentido. Igual el Amor.

No, esto no es una apología al suicidio o una oda a la muerte, al contrario. Sólo cuando lo has perdido todo comprendes que ahora cuentas con la libertad para volver a reconstruir la Vida. Y que hoy, sin el temor al final absoluto, está todo por hacer. Otra vez.